Popeye siempre acude al clamor desesperado de Oliva. Cuando ella grita llorado, pidiendo ayuda, él corre a su auxilio, salvándola de las más disímiles viscisitudes que la aquejan. Pero nunca se supo que Popeye le pidiera “algo más” a cambio. ¿O sí? Como siempre, esta vez Popeye estuvo presto a ayudarla, pero, a diferencia de veces anteriores, en esta ocasión le dio dinero para comer, para gastos, un paliativo pequeño, Oliva no pudo exigirle más, se había hartado del tonto Brutus que solo queria gozar con sus huesos, y que de hecho, los disfrutó mientras pudo. Ahora Popeye pidió algo a cambio. No precisamente espinacas. Sus escuálidos huesos también eran apetecidos por el marino. Oliva pensaba que sus piernas flacas, sus tetas, ahora secas de tanto llorar no serían estimulo para ningún hombre. Se equivocaba. Para un hombre, una escoba con faldas está bien. Además ella quería borrar las asquerosas huellas que Brutus había dejado en su cuerpo. Se sentía en deuda con el marino. Popeye siempre decía que amaba a Oliva, ahora intentaba demostrárselo con hechos. Sus atenciones fueron recompensadas. Ella se sintió agradecida. Hizo el sacrificio…