Bueno, en realidad todo el tiempo estamos solos. Desde que nacemos, y aquel cordón de carne y sangre es desprendido del cuerpo de la madre, somos seres “independientes” y … solos. Pero yo, particularmente, soy una persona dependiente, uno de mis peores defectos es odiar la soledad. Es extraño, porque no me gustan las multitudes, prefiero comer sola y disfruto mucho estar en la computadora… sola. Pero la soledad romántica, esa es la que no resisto. Busco y busco como alma en pena aquel pedazo de naranja arrancado de mi ser, ese hombre que, como siempre digo, se juegue los huevos por mi, ese valiente caballero en armadura que vendrá a sacarme de la soledad de mi cama y me llenará con tibios besos hasta el amanecer. Mientras soy “enamorada”, “novia”, “vacile oficial”, “la dura”, “la mujer”, soy amorosa, tierna, complaciente al máximo, cero celos, posesividades y escenas. Hasta como amante resultaría, porque no me gusta enviar mensajes a celular, mucho menos llamadas sospechosas, dejar marcas de lapiz de labio, y mucho menos los vulgares “chupetes”. Aún así, ellos no han sabido apreciarlo. Cuando termino con alguien o lo que es peor, cuando terminan conmigo, me vuelvo enemiga, arpía, retrechera, artimañosa, desgraciada, hipersecuta, vengativa, llorona, amargada y cruel. Esta vez no quiero ser así de fea.