Cuando muere un niño…
Jul 15th, 2008 | By Pitonizza | Category: Vida, motherhood | 372 views
Una noticia desoladora apareció hoy en el diario. Una niña de aproximadamente 2 años y medio fue arrollada por un carro en la puerta del garaje de su casa. Su cuerpecito quedó destrozado en la vereda. Lo que más me ha conmovido es que aquella niña era compañera de aula de mi sobrino. La recuerdo vagamente, era la más chiquitita de toda la escuela, usaba tirantes pues de otro modo su faldita de tablones se caería. Recuerdo a su padre esperarla en la puerta de la escuela, mientras ella corría a su encuentro. La recuerdo de lejos y aunque de su voz no me acuerdo, no pude contener las lágrimas. ¿Porqué muere un niño de una forma tan absurda? ¿Porque apenas al abrir los ojos al mundo tiene que suceder?
No me puedo imaginar la magnitud del dolor de aquella madre. Yo renegaría de Dios, mataría al chofer, me mataría. Esa pena debe ser inconmensurable, la impotencia, la frustración, el ver los trazos que apenas estaba aprendiendo a hacer, sus muñecas, su cama vacía.
Mas tarde, una predicadora en el bus pregonaba a viva voz: “El Señor da larga vida a quienes siguen su palabra”. Quise pararme y arrancarle la Biblia de las manos. Sacar las palabras de contexto para demagógicamente ofrecer una vida larga a cambio de una bendición y, como no, unos caramelos que vendía, más la promesa de “larga vida”. Según esa lógica rudimentaria, si me hago bendecir, me garantizo una larga vida a mi, a mis hijos, viviré como Matusalén y seré invulnerable a los carros y al cancer al pulmon. Hablar de Dios para vender caramelos, panfletos, pedir limosnas u ofrendas para construir templos, a cambio de “parar de sufrir” equivale a una prostitución sacra. No creo que Dios esté tras esas sucias transacciones.
Ahora, aquella niña “es un angelito”. O sea, mientras vivió, ¿no lo era de cierta manera? Todos lo somos. Cuando tenemos esa inocencia somos ángeles creadores, clarividentes, limpios de corazón. Es la vida la que nos va “manchando”. Y nuestra condición de humanos que nos va dominando. Dudo en la existencia de cielos a los que se va a vagar o infiernos a los que se va a pagar. Dudo que Dios sea un ente vengativo, que castiga a aquella madre arrancándole el fruto de sus entrañas, por muy pecadora que haya sido.
Mis creencias tienen más tendencia oriental. Creo en la reencarnación, como esperanza y respuesta a estas interrogantes. Un niño que nace y muere a los pocos años, tal vez cumplió una misión, quizá encarnó para unir a sus padres de cierta manera, qué se yo. Y queda la esperanza de un reencuentro, no en un utópico cielo, sino en otra vida, para seguir aprendiendo hasta quemar el karma y evolucionar juntos. Puede ser una “religión a mi medida”, por eso prefiero ser espiritual, no religiosa y educar a mi hija en principios no en dogmas. Quién sabe hasta cuando estemos juntas.
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En verdad que pena por aquello….. lo que me da coraje de algunas religiones que meten a Dios para servirse….
Es una pena lo sucedido, como sea los Padres de esa niña deben estar destrozados en este momento, me solidarizo con ellos en su dolor.
Tampoco yo creo en las religiones convencionales, fui educado en una escuela de curas y logré desarrollar una habilidad increíble para eludir la misa de los Miércoles.
Me dijeron que me iría al Infierno, acaso existe tal sitio???, no se ofendan, es solo mi punto de vista, respeto como el que mas el de quienes piensan lo contrario, pero, de acuerdo a las religiones del mundo, hay tantas, pero coinciden en una cosa, solo esa específica religión te hará salvo, es decir, que para alguna religión tú no estás a salvo, me explico, si eres Católico para los Mormones tu estas condenado, bajo esa teoría todos iremos al infierno, excepto los que escogieron la religión acertada, algo así como una ruleta.
Eso querría decir que el Infierno estará a reventar y más vale que tenga una capacidad de expansión infinita porque al paso que vamos de no ser así explotara, de ser cierto que existe, algunos como yo hemos hecho meritos suficientes como para llegar en calidad de Supervisores, nunca me ha gustado ser uno más del montón :=).
Si por otro lado, se cumplen las palabras de mis amigas: “Se congelara el infierno antes que yo me vaya a la cama contigo”, y dado que hasta ahora no lo han hecho, se que no va a estar tan caliente como dicen (consuelo de bobos).
Ya en serio, si, también yo creo que vamos y volvemos, somos seres espirituales en evolución, aunque a Charon se le olvido y ya se manda como 40 cirugías a su masa corporal manteniendo intacta su parte evolutiva, pero, a lo que vinimos, cada quien hace su parte antes de volver a casa.
Había escrito un post que habla sobre las religiones, especificamente sobre la religión católica, pero me indignó tanto el “testimonio” de la ex-fornicadora vendedora de caramelos, que escribí el artículo que acaban de leer y pospuse el post en el que hablo sobre el catolicismo, para el jueves. Y para dar mayor variedad a Pitonizzaland, mañana (hoy) aparecerá un artículo nada que ver con el asunto. No me gusta ser reiterativa, no quiero cansar a nadie.
Estuve mucho pensando en esta nota tuya Pitonizza, queria expresar de mi, no sabia bien como dar la otra mirada a este dolor.
Pero hoy me llego un mail de un amigo qe tu conoces por otro lado, y me envio esto de Bucay:
Una vez, una mujer que visitó mi consulta lloraba por lo que, como médico psiquiatra, considero que es el mayor dolor que puede sufrir una persona: la muerte de un hijo. Se le había muerto un hijo muy pequeño en un accidente; y a pesar de que hacía meses y meses que había sucedido, ella me confesaba que no podía parar de llorar. Yo, que muchas veces me quedo sin palabras, le conté un cuento que había leído mucho tiempo atrás. Habla de un señor que había perdido un hijo de cinco años y que no podía dejar de llorar. Cada noche, cuando se acostaba, lloraba; y se quedaba dormido mientras lloraba; y se despertaba al poco rato y seguía llorando y llorando.
Una noche, su ángel de la guarda se le aparece; le acaricia la cabeza y le pregunta qué pasa. Entonces responde: “No puedo seguir. No puedo vivir más. Necesito verlo; aunque sea sólo una vez más, necesito verlo”.
Entonces, el ángel de la guarda lo coge de la mano y lo eleva hasta el cielo. Y cuando llegan a él, van a una calle con paredes muy blancas y un adoquinado de oro, y el hombre pregunta: “¿Qué hacemos aquí?”. Y el ángel de la guarda le responde: “Espera y verás”. De repente, dando vueltas a la esquina empiezan a aparecer un montón de niños y niñas de entre tres y seis años, todos pequeños. Cada uno de ellos viste de blanco y tiene un par de alitas muy pequeñas y una aureola en la cabeza. Desfilan frente a ellos. Llevan una larga vela encendida en su mano. Caminan en columnas de a cinco y empiezan a pasar delante del hombre. Éste pregunta: “¿Qué es esto?”.
“Éste es el desfile de todos los que han muerto siendo niños. Pasan por aquí cada día y desfilan para nosotros. Es una de nuestras alegrías”, responde el ángel. Y entonces el hombre dice: “¿Y mi hijo?”. “Está entre ellos. Ya lo verás”, contesta. Y de repente el padre ve venir a su hijo; lo ve venir como todos, con su vestimenta blanca, sus alitas y su aureola, su vela en la mano. Sin embargo, le sorprende ver que la vela de su hijo es la única que permanece apagada, la única que no tiene luz. Él respira profundo. El nene lo ve, lo saluda, se acerca a él, lo abraza. Él llora otra vez. Y le pregunta nada más que esto: “¿Cómo estás?”. El hijo le dice: “Bien, papá”. Y el padre le pregunta: “¿Por qué tú no tienes luz? ¿Por qué no encienden tu vela como encienden la de los otros?”. Entonces el niño le explica: “La encienden igual que la de los demás, cada día. Pero de noche, tus lágrimas apagan mi vela. Deja ya de llorar”.
Esta mujer me confesó que encontró en este cuento una excusa para poder retomar su camino, para poder darse cuenta de que quizá una manera de homenajear a los que no estaban no era quedarse llorando compungidamente, sino encontrar la posibilidad de hacer del duelo algo fecundo.
Sigo yo, Cristina. La no comprension, normal y muy humana ante semejante dolor, afecta directamente al alma de quien partio.
Uno no llora jamás por el otro que ha partido, sino, por si mismo.
Un gran abrazo Pitonizza !!!
Cris
Cuando muere un niño, un hijo… aún sin haber nacido… solo de imaginármelo se me lagunan los ojos, el 3 de julio se cayó mi hijo, se rompió el brazo en Bahía de Caráquez, yo estaba en el oriente… que impotencia… que coraje porque lo atendió un “carpintero”, uno de los que hacen de la salud un negocio… pero está vivo… leer tu blog y los comentarios me han hecho sacarme ese coraje… sin mi hijo no sé que sería de mí…
La vida es de etapas, de objetivos, de metas… quiero creer que si alguien se va es porque ya cumplió su cometido… “que solo los buenos se mueren”, escuché alguna vez, pero “no existe muerto malo”… entonces todos somos buenos al morir…
La muerte no es castigo, es la puerta… todos vamos hacia ella
De verdad que es muy conmovedor y dolorosa leer las experiencias ajenas.
Dios quiere y nunca nadie pase por el dolor de perder un hijo. Pero nadie esta exento de estas desgracias. Solo le pido al Señor, que me quite la mía en lugar de la de él.
Ojala y algún día (cuando sea necesario) asi sea.
Muy buen Post Pito.