Alimentando prejuicios

Dejarse llevar por prejuicios es sin duda un defecto, acelerarse a juzgar por apariencias, generalizaciones o estereotipos. Como suelo admitir mis defectos, justamente para intentar liberarme de ellos, me considero perjuiciosa, como una forma de prudencia peyorativa, en especial cuando veo un tipo que viste pantaloneta, zapatos de caucho sin medias, gorra con viscera perfectamente recta y aretes en ambas orejas. ¡Es un regetonero ladrón! Rápida deducción prejuiciosa que muchas veces me lleva a cambiarme de acera para proteger mis pertenencias.

¿Qué es lo que nos vuelve así de apresurados para juzgar a los demás sin apenas conocerlos? Mirando Powers Rangers, la otra mañana mientras cuidaba al sobrino de mi esposo, noto un patrón prejuicioso: los “buenos” hablan diferente, los malos hablan como malvados, tienen caras feas y usan palabras fuertes. Como un experimento, le pregunto al pequeño de 5 años: “Mi amor, ¿Jason es malo verdad?” y me contesta “no tía, ¡no te das cuenta como habla!”. En ese momento entendí que desde muy pequeños empezamos a prejuiciar y clasificar a las personas a juzgar por aspectos tan superfluos como la forma de hablar o de vestir.

Luego, seguimos creciendo. Empezamos a consumir “esoterismo mágico” cuyo afán es brindar respuestas y soluciones rápidas ante las expectativas de la vida diaria. El ejemplo más claro son los horóscopos. Desde que empezamos a creer en zodíacos y astrología, nos vamos prejuiciando y autosugestionando para “parecernos” a nuestro signo. Yo soy Leo, por eso me creo líder, superior y de hermosa cabellera, aunque seguramente si hubiera nacido días después, sería Virgo, y me las picaría a perfeccionista, y fanática de la limpieza. Me niego rotundamente a pensar que soy igual a los demás Leos del mundo. Son generalizaciones que le “calzan” a cualquiera. Quienes se toman muy a pecho estas supersticiones, evitan relacionarse con personas de signos “incompatibles”. En ese caso, yo nunca me debí haber casado con mi marido, quien siendo Piscis es una persona “introspectiva y de alta sensibilidad”. Menos mal y dejé ese prejuicio.

En general, alimentamos los prejuicios inconscientemente al catalogar a las personas por sus convicciones religiosas o políticas, por su preferencia sexual o sus creencias religiosas, al creer en supersticiones y mantener una mente cerrada e intolerante. Liberándose de prejuicios se amplia la visión del mundo, se logra un enriquecimiento al permitir intercambio con personas distintas, y derribar tabúes que solo detienen. Sin embargo, seguiré prejuiciando conscientemente ante un pata al suelo regetonero que se acerque a mí, seguiré pensando mal y subiré los vidrios del carro.

© 2010, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Los prejuicios se construyen en base a relaciones de dominio. Por ello constituyen una manera de privilegiar, no a quien actua de acuerdo a las normas preestablecidas, sino a quien las impone, como “vestirse bien” beneficia a las grandes corporaciones de la moda, en detrimento de quienes no seguimos sus patrones. Por ello, no me parece un acierto afirmar que son producto de la intolelancia, sino todo lo contrario: Son un producto directo de la predica de ese baratillo de origen cristiano que nos conmina aceptar una situación tan injusta.
    Aciertas en cambio cuando te percatas en como somos aleccionados desde pequeños en esa manera tan perversa de relacionarnos con nuestro entorno. El lenguaje es la cultura misma, y todos sus símbolos son los que otorgan forma a todas las construccciones sociales. Tu sobrino no solo debe haberse familiarizado con las palabras de los actores, sino tambien con su apariencia (heroes-jovenes-guapos, malos-montruos-horrendos). El lenguaje puede ser muy perverso y recontruir sus formas es vital para horizontalizar la comunicación

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