Cómo responder un “piropo”

CASO 1 Huye cobarde, huye

Iba por la calle oronda, pensando en cualquier cosa, su vida, sus múltiples ocupaciones, sus problemas. Ella, una mujer algo fuera de lo común, bastante alta para el promedio latino en el que se mueve, bastante más flaca para el gusto popular ecuatoriano, que prefiere la fritada y los cangrejos pata gorda. Ataviada de forma normal, el jean algo ajustado, sin embargo, lucía conservadora y profesional, nada vulgar, ni provocativa, ni insinuante. Aún así, le tocó escuchar un horrible:

“Flaca, estás para *****rte la *****a.”

La ira subió a su rostro, enrojeciendolo de inmediato. Toda su fuerza se concentró en su estómago, y la adrenalina acudió al llamado, tensando sus músculos. Regresó, volteando para ver al tipejo que expelió esa grosería: un enclenque, flaco, escuálido, un alfeñique que no podría levantar a una mujer en peso. Ella, segura de sí misma, y con la bilis invadiendola, regresó. El pobre “hombre” jamás pensó que ella reaccionaría. Cobardemente huyó por la transitadísima Rumichaca de las 5 de la tarde, el tráfico amenaza no respetar ser humano que se atraviese. Sin embargo, la mirada furibunda de la mujer lanzó a ese esperpento a la calle, pues los buses se veían menos amenazantes que ella, pues parecía que podría romperle los huevos con la decisión con la que empezó a seguirlo. De pura lástima lo dejó ahi, huyendo hacia García Aviles…

CASO 2 Golpeado sin piedad

Mientras llovía, un sobretodo cubría toda su femenina figura. Encapuchada, no se discernía si era guapa o fea. Solo cierta protuberancia posterior demostraba que era una dama encauchada que trataba de llegar rápido a su destino para no cazar una pulmonía. De la nada, un sub-ser, empieza a seguirla, vomitando frases, según él, piropos:

– ¿a donde va tan apurada reinita?

Ella lo ignoró, era un sexagenario indefenso. Siguió… pero el veterano insistía:

– Esta calle es peligrosa, la acompaño, princesa.

A pesar de ser degradada de reina a princesa, ella siguió ignorándolo. Como sus pasos son agigantados, el sub-hombre debía trotar para darle alcance. Ella, a punto de perder la paciencia, siguió su camino.

– ¿Tan apurada va, qué, va a la dieciocho?

¿Cómo podría compararla con put@ si iba tapada de pies a cabeza? No habían escotes, hilos asomando por un pantalón a la cadera indecoroso, ombligos expuestos ni piernas al aire. No iba sonriendo, ni mascando chicles, ni estaba parada fumando un cigarrillo. Era una simple artimaña de cuarta categoría para llamar su atención… Sin decir nada, redobló el paso, hasta que el atrevido la agarra del brazo, pensandola frágil. La reacción fue inmediata, casi un reflejo. Su puño se alzó y viró la cara del imbécil. Pronto, la gente se agolpó a mirar, sin importar que la lluvia empezaba a volverse tormenta. Entre los curiosos, los comentarios: “es que el viejito intentó agarrarla…”.

Ella ahora entiende que a gentuza así hay que ignorarla, jamás contestarle, ni reaccionar, por mucho que tenga ventajas, quien sabe le salga un tipejo menos enclenque o acabado. Ahora ella se conoce, es escuchar las majaderías lo que la enferma. Así que, para tranquilidad de los morbosos atrevidos, ella ahora sale con los audífonos perenemente adosados a los tímpanos. Pero si vuelven a agarrarla del brazo, sin respetar edad, ella podría quebrar huevos sin piedad.

© 2008, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. jajajajaja Excelente! Es el colmo que pase eso tan seguido y que las mujeres debamos soportarlo. Pero en todo caso, es mejor seguir sin presentar atención.

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