Conversaciones en la sala de espera

La incertidumbre de una sala de espera del hospital es algo intolerable, que se ha visto bastante alivado -en mi caso- por el aislamiento que me confiere el iPod, sumado a Twitter. Sin embargo, ese ostracismo no es recomendable, pues quienes me rodean son personas que estan viviendo lo mismo que yo: la impotencia, la inseguridad de conocer que pasará, emociones encontradas de odio, resignación y el vano intento por ser fuerte, por aquella persona que se debate en la sala de emergencia. Así que apagué el iPod y guardé el celular, integrandome a la conversación. He aquí lo que sucedió:

Señora: ¿y ud no tiene mascarilla?

Yo: no, no tengo gripe, no la necesito.

Señora paranoica: es que aqui abundan los virus y las bacterias, hay muchas enfermedades, no ve que es un hospital.

Yo: (pensando, este no es un hospital de infectología, es SOLCA, el cáncer no es contagioso): ah, ya me voy a comprar una mascarilla (nunca suelo entrar en debates con desconocidos).

Silencio. Al notar la evidente hipocondría de la señora enmascarada, decidí encender nuevamente el iPod, para que Martin L. Gore vuelva a acariciar mis oidos. Talvez no lo pueda ver… buu… llorar. Escucho que la señora paranóica vuelve a dirigirme la palabra. Lo que ella no comprende es que cuando yo me pongo los audifonos equivale a cuando entro al msn con estado “no disponible”, “ocupado”, “do not disturb”, “no estoy para nadie”. Como la señora insistía, y para no parecer demasiado grosera, me quito el audifono (solo uno).

Señora metida: Se le cayó eso…. (señalando mi audifono)

Yo: ah, si, si (con tono del Chompiras)

Señora metida: ¿Y ud tiene hijos?

Yo: sí, una niña.

Señora metida: ¿y a los cuantos años la tuvo?

Yo: a los treinta.

Señora metida: ¡Tan joven! (Creo que entendió a los 13 porque tener un hijo a los 30 me parece ideal)

Yo: Aja.

Señora metida: Ay pero déjeme decirle que ud está muy baja de peso, debería subir.

Yo: aja. (Me fijé por primera vez en mi metiche interlocutora. Más flaca que yo, solo que no tan evidente pues ella es bastante patucha y fragil. No traté de desquitarme diciendole que ella debería también subir de peso y sobretodo, no meterse en la vida ajena)

Señora metiche: ¿Y ud trabaja?

Yo: Sí.

Señora metiche: ¿Y dónde trabaja?

Yo: soy diseñadora de interiores.

Señora metiche: Ah que bueno, le ha de coser ud mismo los interiores a su hijita.

Yo (ya sintiendo lástima): Es diseño arquitectónico, de casas, decoración (ahí seguro ella imaginó que hago arreglos con globos o pastillaje)

Señora metiche: ¿Y ud es casada?

Yo: No.

Señora metiche sin vida: (Considero que alguien que empieza a indagar sobre la vida personal de un perfecto desconocido no tiene vida propia): Ah, ud es madre soltera.

Yo: Si.

Señora metiche sin vida: ¿Y su esposo?

Yo: Soy soltera.

Señora sin vida: ¿Y donde dejó a su hija?

Yo: Con su padre.

Señora sin vida: ¿Y ya se ligó?

Yo: (Esbocé una sonrisa y ya no contesté. Mi vida sexual y los métodos anticonceptivos que uso no son de su incumbencia.)

En ese momento le sonó el teléfono. Un ringtone con una canción de misa evidencia que la señora sin vida es ferviente devota de diosito. Aproveché para alejarme lo más posible de ella, sus paranoias contra los “virus y bacterias” y sus himnos sacros. Sigo twitteando.

© 2009, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Debe ser que con una mirada lo digo todo porque nunca pasan de la segunda pregunta conmigo. A veces hay taxistas necios que llegan a una cuarta pregunta y de alli se dan por vencidos y encienden la radio.

  2. Imaginat cuando te toca una asi en un viaje largo… yo viajo constantemente y he aprendido la leccion.. nunca salgo sin mis audifonos… pido el asiento de la ventana y m declaro ciega, sordomuda… y lo peor es q hay unas q no respetan ni cuando finges estar dormida… ;/ mmm…

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