¿Cuarentona yo?

Llegar a los cuarenta es un hito que no a todas les enorgullece alcanzar, por ello utilizan el eufemismo “tengo pasados los 30 años” cuando en conversaciones es sencillo deducir que vivieron su temprana infancia en los tranquilos y nostálgicos setenta. Obviamente tienes más de 30. Tienes 40. Admitir la “cuarentonidad” es saberse ya fuera de onda, pasada de años, acercándose a la temida menopausia que es como un cuco para algunas el solo imaginar que la vida fértil ha terminado y que una nueva etapa empieza. Porque yo lo veo todo como etapas, para mí todo es novedad. Y les voy a contar aquí como me siento siendo una “señorona cuarentona”.

mama

Súper mamá soltera volando alto sin que su hijo sea un lastre, al contrario, es su combustible.

Nunca me molestó cuando los desconocidos me empezaron a decir “señora” cuando mi panza de embarazo les hacía suponer que yo debía estar casada, porque “señorita” es sinónimo de virginidad, solo la Virgen Maria goza de licencia biológica para conservar su himen a pesar de haber dado a luz. Para el resto de mujeres rige la caduca regla: sin himen no hay pureza. A mí no me importó que me digan “señora” cuando era soltera a los treinta años. Y doce años después, no me importa que me lo sigan diciendo pues supongo que estoy afianzando mi condición de señora a pesar de no seguir los convencionalismos en el vestuario, maquillaje y peinado que una señora de 42 años debería usar. Se me nota que soy señora. Y mi apariencia estrafalaria no es un intento de disfrazarlo.

La glorificación de la juventud es un limitante, se la entiende como la única etapa en la vida cuando se puede empezar a hacer cosas, a descubrirlas, cultivarlas. Los medios se encargan de que se entienda que son los jóvenes los que disfrutan, los que trabajan, los que lideran en algunos casos. Los veteranos solo aparecen en comerciales de pañales de incontinencia, reforzando la idea de que la vejez llena cargada de achaques, en lugar de reflexionar en los hábitos creados desde antes para propender a una vida madura plena y saludable.

Quienes usan la palabra “viejo” como insulto, seguramente la van a pasar muy mal cuando el tiempo obre sobre sus células y se conviertan en viejos también. La palabra “vieja” no me insulta, me empodera, porque para mí la vejez es sabiduría, tomo de la palabra su concepto más alto y a ese me apego. Si tienes menos edad y me insultas llamándome vieja, te recuerdo:

Supongo que para quienes caen en el error de luchar contra el calendario, envejecer debe ser un martirio. Un inevitable martirio. La lozanía de la piel irremediablemente cede paso a arrugas, estrías, manchas entre otros signos que gritan “cuarentona, cuarentona, CUARENTONA”. Usar aplicaciones para la cámara con filtros es un must para estas cuarentonas, que empiezan a editar sus anécdotas para que no les “calculen la edad”.

—  Ya treinta años del desastre del Challenger, ¿si recuerdas? Todos los canales pasaron el vídeo, fue muy triste.

— Nooooo que bah, yo era chiquita, creo que ni había nacido.

— ¿O sea que no viste el Cometa Halley, ni recuerdas el terremoto en México justo el año del mundial?

— No recuerdo eso.

— No creo que hayas olvidado cuando secuestraron a León.

— Yo no había nacido.

— ¿El terremoto de 1988?

— Mi mamá me contó… creo…

— ¿Y cuando vino el Papa Juan Pablo II a la Alborada cuando eso era un canchón?

— Solo recuerdo que vino el Papa Francisco a Samanes.

El querer ocultar la edad así les borra el cassette (adminículo que por cierto, niegan haber utilizado). Así, estas señoras (o señoritas, porque a mayor edad, más es la ofensa de que le digas “señora” a algunas señoras de más de 40 años que no se han casado nunca) prefieren arrancar páginas de su vida que conformarse con la edad que tienen, admitirla, gozarla, con orgullo, ¡son cuarenta años en este planeta!

Cada edad tiene su encanto. La total despreocupación de la niñez. Los descubrimientos de la adolescencia. En tu primera adultez rebosas de ese “comerse al mundo” de los primeros años cuando terminas el colegio y te enfrentas a la vida. Los primeros desamores, corazones rotos, las cosas que te van marcando el caracter cuando vas acumulando errores, desaciertos, malos ratos. Todo lo que has vivido te forja, los golpes te dan forma y está en tí levantarte siempre, con dignidad y altivez.

Los cuarenta años los estoy viviendo como si fueran una segunda veintena. Me siento con ese ímpetu de los veinteañeros que lo intentan todo, ahora sin preocupaciones de universidades mas con la inmensa responsabilidad de ser un ejemplo de vida para mi hija. Tengo 42 años de experiencia en esta vida. Y esto es algo que me pone muy orgullosa.


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