Deja que lo derrumbe un terremoto.

Ayer se dieron las réplicas más fuertes del terremoto que remeció Ecuador el mes de abril. La primera réplica, justo antes de las tres de la madrugada, fue un sacudón que nos dio la tierra recordándonos lo afortunados que somos quienes dormimos en una cama, mas sin embargo, ese abrigo que da la cama, esa protección que te da un techo, puede volverse tu tumba. La siguiente réplica, justo al medio día, cuando la ciudad de Guayaquil está en estado de ebullición. Veamos las siguientes tomas que captaron las diversas cámaras de seguridad de la Perla:

Deja que el terremoto lo derrumbe

  • Esos prejuicios de que la sociedad está conformada por niveles, que hay personas mejores que otras. En medio del movimiento, no nos importa el color de la otra persona, nos miramos como lo que somos: iguales, hechos de lo mismo, la misma fragilidad de un cuerpo hecho de carne, un envase que si bien es cierto viene en formas diferentes, en el fondo, su material es el mismo, polvo de estrellas nos conforman a todos, negros, indios, mestizos, rubios ojos verdes, todos somos igual de frágiles ante el poder de la naturaleza.
  • Esos apegos absurdos a cosas materiales que se vuelven un estorbo cuando ponemos en una balanza nuestra vida versus lo que dejamos atrás cuando huimos a ponernos a buen recaudo. Acumular cosas no nos va a servir de nada si al final no sabemos compartir eso que tenemos, si llegado un momento, el mundo como lo tenemos “organizado” nos cambia. Si el piso se mueve de tal forma que se caen nuestros castillos de concreto donde vivimos y donde creemos tener guardadas nuestras cosas. Sobreviviremos si aprendemos a soltar y compartir.
  • Esas urgencias sin importancia que nos distraen de lo esencial. Vivir el aquí y el ahora. La Tierra con su sacudida nos saca de cualquier preocupación inventada, nostalgia de pasados que no volverán, incluso odios que corrompen poco a poco el alma. La tierra se mueve, y todos piensan en que están vivos. Se acuerdan y quieren seguir estándolo.
  • Esos pedestales en los que ponemos ídolos que caen muy fácilmente, pues el pedestal es inestable, la fama es efímera, y estar por sobre los demás lejos de hacerte superior, te vuelve blanco fácil de francotiradores. Y mientras más alto sea el pedestal, más daño causa su caída.

Sobre las oraciones para pedirle a Dios que nos proteja

Semanas atrás, quizá tan solo días atrás, yo me habría burlado con desdén, de aquellos que alzan sus manos al cielo en medio del temblor. “¿Por qué rezan, no ven que el mismo Dios al que rezan es quien produce el terremoto? ¡Lean Isaías 43, 13!” La vida en estos últimos días me ha enseñado a aprender a callar. Si exijo que se respete mi libertad de expresión, sería incongruente reírme de quien está ejerciendo el justo derecho de expresar su reacción ante el temblor. Sería hipócrita sostener la bandera de la libertad, y por otro lado, imponer mis suposiciones sobre el poder de la oración, que eso es lo que son, suposiciones, no afirmaciones tajantes. Dejo ese espacio o margen ante las posibles evidencias que puedan surgir. En un ejercicio de honestidad intelectual, acepto que no tengo conocimiento suficiente para ponerme en mis inflexibles posiciones de antaño.

El terremoto derrumbó esos prejuicios. Que cada quién busque consuelo donde le plazca. Es un momento de pánico, al menos para mí. Si la tierra se nos mueve, ¡se nos mueve todo! La tierra es lo que sentimos siempre ahí, estable, seguro, por eso nos asentamos ahí, porque creemos que es una base sólida que soportará nuestro peso. Que de un momento a otro aquella estabilidad se tambalee… y por mucho que la ciencia nos haya explicado sobre placas tectónicas, y que nos quieran convencer de que no hay forma de provocar un sismo a propósito, nadie debería tener el derecho de sentirse superior porque hayan otras personas a las que sí les traumaticen estos fenómenos.

Sigo sin creer en el dios judeocristiano, igual como no creo en Zeus, no creo en Jehová. Que cada quien crea en quien le ofrezca mejor consuelo. Yo no encuentro consuelo ni siento que pueda conseguir nada rezándole a nadie. Mis razones para no creer son mías y no tienen que corresponderse con la vida de nadie, faltaba más.

Ahora le dejo el campo abierto a los demás a manifestar su miedo como lo deseen, recordando siempre que la vida es un camino individual, tomas de decisiones personales sobre las cuales debemos responsabilizarnos directamente, lo cual nos lleva a diferentes puntos del camino. Por eso es imposible juzgar. Porque no sabemos qué parte del recorrido ha tomado el prójimo.

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