El encanto de la mujer con marido

Basta que una esté con novio para que de todo lado salgan galanes que antes ni bola.” No lo dije yo, esta cita la compartió Silvi en Twitter, y sus palabras trajeron a mi mente los últimos sucesos de mi vida, que empezaron a  parecerse a un culebrón de Aaron Spelling, y que les relataré a continuación:

Antes de iniciar mi relación con Eustaquio, mi novio, con quien me casaré próximamente, yo estaba “peloteada”, es decir, sola. Disfrutaba de mi soledad, aunque admito, extrañaba ese calorcito en la almohada. Pero me sentía libre de hacer lo que quería, no rendir cuentas a nadie, no reportarme, no recibir llamadas, disponer yo sola de mi tiempo. Sin embargo, muchas veces debía salir sola, sin compañía masculina que me respalde, proteja, acompañe.

Mi novio es una persona muy ocupada que trabaja todo el día, pero esto no es motivo para descuidarme. Marca su territorio mandandome recaditos por sms, o emails que sospecho programa para que me lleguen a lo largo del día. Entre los detalles que me tienen enamorada, están esas chucherías como flores, chocolates o peluchitos que insisto, me parecen cursis, pero adorables, viniendo de su parte.

Las últimas semanas he estado trabajando con un arquitecto que siempre me trajo loca, algo delgado para mi gusto, pero con esa letra de arquitecto que me conquista. (Me fijo en detalles raros en los hombres). Cuando yo estaba soltera, enfilé toda mi artillería hacia dicho especímen. Me vestía sexy para visitar las obras, a pesar de lo incómodo que resulta caminar en un edificio en construcción vistiendo ropa ajustada. Le llevaba los planos a medio terminar solo para que él se lo diera a su asistente y poder conversar de cosas intrascendentes. Hacía todo lo posible para coincidir en las citas con los clientes. Pero nada me sirvió, el arquitecto nunca, nunca se fijó en mí, hasta ahora.

El día que uno de nuestros clientes llama para decidir los materiales de recubrimiento, llegué apresuradamente en un taxi que me cobró $5, un abuso, solo por tratarse de una ciudadela privada en la vía Samborondon. Mientras peleaba con el taxista por dicha tarifa, el guapo arquitecto se acerca y paga la carrera, quedando como un caballero y yo, como una chira. Mientras recorríamos la obra, mi novio me llama al celular. Me alejé a responder la llamada, y de reojo vi como el arquitecto perdió de vista a los clientes para espiar mi romántica pero fugaz charla. Al volver, aún no entiendo cómo, me quedé sola con el arquitecto.

– ¿Y es cierto que se va a casar Pitonizza?

– ¿Cómo lo sabe arquitecto? ¿Quién le contó?

– Pero contésteme Pitonizza, ¿cuándo se casa? ¿quién es el afortunado?

– Ud no lo conoce Arquitecto, pero él viene por mí en cuanto nos desocupemos de esta reunión, yo se lo presento.

– ¡Ah, entonces tomemonos un café para celebrarlo! Siempre y cuando uds, no tengan planeado nada.

– Esteeeh, bueno, no, no íbamos a hacer nada.

Me sentí extraña. El tipo que siempre me gustó platónicamente me estaba coqueteando de forma velada, y simultáneamente me invitaba un café para celebrar mi noviazgo… aún no lo asimilaba. Estuve totalmente desconcentrada el resto de la reunión, no sé qué colores dijo el cliente que NO quería, así que no sé qué muestras de cerámicas deberé descartar de los catálogos.

Mi novio llegó antes de hora. Entre los andamios pude ver su carro. Me puse más nerviosa cuando mi cliente fue a buscar algo dentro de la construcción y el arquitecto, en un claro afán de añadir más tensión a la situación, se acerca a mí y me dice al oído: “creo que llegó su novio”.

Eustaquio sale de su carro y se fuma un cigarrillo. El verlo fumar me provoco fumar a mí también. No sé cuánto tiempo pasó, hasta que la reunión finalizó. Quise tomar los catálogos de muestras de cerámicas y grifería, como siempre lo hago, pero en una inusitada muestra de caballerosidad, el arquitecto me ayudó. Salimos. Eustaquio, como notando la atmosfera, me besa frente a todos y se presenta como mi novio con los clientes y el arquitecto.

Salimos a una cafetería cercana. Ahi, el celular de Eustaquio suena, dejandonos solos al arquitecto y yo. En ese momento, sucede lo que yo había intuído:

– Pitonizza, mañana debemos revisar nuevamente estas muestras. Están descontinuadas, debemos ir a buscar catálogos actualizados y…

– Disculpeme arquitecto, pero eso debimos discutirlo con el cliente, yo entendí que se aprobaron esas muestras y que solo hay que comprar los materiales.

– Parece que ud ha estado distraída Pitonizza. Mañana conversemos en mi oficina, tipo 10.

En eso llegó mi novio, seguimos la charla de forma inocente. Al día siguiente, llegué a la oficina del arquitecto. Para mi sorpresa, el asistente no se encontraba. Al preguntar por él, el arquitecto me responde “le di el día libre”. Como gesto reflejo, crucé mis brazos y me quedé de pie. El arquitecto -más guapo que nunca- me ofrece unos tabacos importados.

– Pitonizza, ud tiene razón, las muestras ya estaban aprobadas, asi que no tenemos que salir. Como ya todo está listo, y para no haberla hecho venir en vano, conversemos.

Yo, petrificada, miré a mi bolso, como en busca de mi BlackBerry salvador.

– Me va a disculpar, pero si hay cambio de planes, me parece magnífico aprovechar para hacer trámites personales que debo atender en este momento…

– Espere…

El arquitecto me tomó del brazo. Y la primera crisis de mi relación se inició.

Continuará…

(La posteo porque mi novio y yo hemos superado este impasse. Luego les cuento cómo lo solucionamos)

© 2009, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Que loko, no podes dejar la historia así.
    Es verdad, en cuuanto andas en pareja te empiezan a perseguir, es horrible, despues de que te resignaste a estar con el más feo el resto te da bola, jajajaja.

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