En el Umbral de la Vida

En 1990 yo estaba en el umbral de la vida. Creía que podía comérmela entera, que nunca me iba a pasar nada malo, que no iba a envejecer ni a tener que trabajar en cosas aburridas. Mi mayor tecnología era mi grabadora —tuco de grabadora— y mis audífonos esponjosos. Creía en un futuro lleno de gadgets electrónicos como los de los Supersónicos, y yo juraba que los tendría todos. Estaba obsesionada por subir de peso y por eliminar el recio acné de aquellos días. Creía en Dios y en que un día no necesitaríamos gobierno porque entenderemos que el mundo es una casa grande y si todos juramos no hacerle daño a nadie, no necesitaríamos nada, ni fronteras ni militares, ni candados ni alambres de púas. Cada quien se dedicaría a lo suyo y lo comerciarían con acuerdos justos, sin estafar a nadie, sin robar a nadie. Eso era lo que yo creía cuando tenía 17, en 1990.

Mi papá me compró una computadora cuando me gradué del colegio en 1991. Esa computadora con Windows 3.1 fue la herramienta que usé para escribir mi primer libro, desaparecido para siempre: En el Umbral de la Vida, cuando mi vida sexual estaba recién estrenada y sentía que ya había vivido bastante. Me sentí tan arrogante que pensé que era el momento de escribir sobre mi vida. (!) Lo escribí en Wordperfect. Y lo guardé en muchos disquetes de 5 1/4. En dicha autobiografía narraba los soliloquios de mi infancia, el acoso disfrazado de burlas que recibí por años en el colegio de monjas, mi rebelión del Dolores Sucre, mi lado esotérico charlatanesco que me llevó a leerle las cartas a mis compañeras las cuales testimoniaron lo acertado de mis predicciones, y como mi escepticismo incipiente me hizo buscar las respuestas a mis preguntas de cómo diablos le acertaba a mis lecturas. Muchas preguntas sin respuestas en esos momentos de mi vida. Cuando recién me disponía a atravesar ese umbral.

Algunas cosas cambiaron cuando atravesé el umbral de la vida. Me obsesioné con otras idioteces. Tuve que trabajar en cosas aburridas como dependiente en un mall o haciendo encuestas a la gente por la calle, todo para pagar tarjetas de crédito que pagan teléfonos celulares caros. Olvidé mis ideales y voté por lacras que hoy reciben pensiones vitalicias.

Tropiezo tras tropiezo entendí que si no tomaba el control, la vida me desbarataría. Te abre los ojos si sabes tomar el camino de la luz del conocimiento, y te sacas las vendas que te pusieron en los años de adoctrinamiento en el colegio y de la sociedad en general. Sin cuestionar, te condenas a caminar por rutas trazadas por los otros, los que ponen a la gente en línea, como ratas de laboratorio, como las vacas que van al matadero. Me di cuenta a tiempo de que eso me estaba pasando. Yo no permití que la vida real me haga eso, sino ahora estaría viviendo un vida convencional, con valores dictados por otros, y no, no quiero.

Ya no me importa estar gorda o flaca, no me interesa en lo absoluto envejecer, es más, siento una especie de orgullo cuando me descubro como la mayor de un grupo. Sigo creyendo en utópicos escenarios sin uniformes, sin tráfico, sin cosas de plástico, sin cercas ni muros, ni policías ni nacionalidades. No me interesan los teléfonos con internet, ni reinar en redes sociales. Entiendo que puedo crearme una burbuja donde vivir a mi manera, sabiendo que el omnipresente sistema me va a empujar de cuando en cuando a colas, embotellamientos y trámites, de los que escaparé a salvo para volver a internarme en mi Edén personal donde todas mis necesidades están cubiertas, viviendo desnuda y comiendo todos los días del árbol del conocimiento.

No sé si vuelva a escribir En el Umbral de la vida. Ya he atravesado varias puertas en esta vida. Cada umbral es diferente, un comienzo, un inicio. La sabiduría empieza cuando uno decide abrir la puerta correcta, que no siempre es la más atractiva o publicitada, no tiene carteles ni hay cola para entrar. A veces uno se equivoca y se mete en puertas que no aportan nada a la experiencia de vida. Ahí es cuando la sabiduría se manifiesta una vez más, al buscar la salida de retorno y buscar otra puerta, otro umbral.

© 2016, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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