Escape a un asalto

Aquella noche tomé un taxi, contrariando los deseos de mi novio que a la distancia me insiste en que aprenda a manejar y que use su carro. Pero yo sé que tengo los reflejos de una piedra lunar, no sé la diferencia entre izquierda y derecha, soy daltónica, miope, hipermétrope. Ah, también tengo astigmatismo severo en el ojo derecho. Es decir, soy un verdadero peligro, ya intenté aprender a manejar, sin éxito, así que seguiré siendo peatona. En fin, esta historia no pretende relatar mis desventuras tras el volante, sino un hecho verídico por el que pasé el día sábado, tras una tertulia inocente. Tomé un taxí, un spark de paquete que aún tenía plásticos en los asientos, un taxi amarillo de placas anaranjadas. Lo tomé a la altura del Hotel Humbolt del Malecón Simón Bolívar. El “taxista”, de máximo 25 años, flaco, trigeño, feo, aparentemente decente, fija el precio de la carrera por $5 lo cual de por si ya era un asalto, pero lo acepté ya que tenía que llegar a una fiesta familiar para la que ya estaba tarde.

El “taxista” puso la bachata más rancia, horrenda y escabrosa que mis oídos hayan escuchado jamás. Coloqué mis audífonos para abstraerme. Twitteé “taxi bachatero”. Eso a la altura de Resaca. En ese momento, el “taxista” seguramente se percató de mi BlackBerry. Ya cuando ibamos atravesando el tunel, el “taxista” me pregunta si mi teléfono se queda sin señal. Le dije que sí, y seguí ignorandolo. Detesto conversar con los taxistas. Ya más adelante, el “taxista” me señala una camioneta que llevaba un ataud diciendome “ve niña, ahi llevan a un muertito”. Parca, le contesto: “ah si”. Y me insiste con la “conversa”: “y debe ser un paisanito pues es placa de la sierra”. No le contesté nada.

Ya al llegar casi al destino, el tipo se “equivoca” y se mete por otra calle. Yo, aún sin pensar nada malo, pero sí asustada pues estaba adentrandome por terrenos desconocidos, le digo que se dé la vuelta y que se devuelva. Como dicha calle tiene un parterre, no lo hizo, y siguió llevándome más lejos. Entonces, el momento más horrible de mi vida, se metió por una calle oscura, para el carro y se vira. Con la cara transformada, -juro sus ojos se volvieron como de reptiles-, y con un cuchillo de los de matar chanchos, me lo pone en la barriga diciéndome: “dame el BlackBerry”. Miré el cuchillo, lo miré a él: “no se lo voy a dar”, le dije aparentando seguridad. Dicen que los ladrones están más nerviosos que uno. Traté de pensar en eso y tranquilizarlo. El tipo me contesta: “y cómo que no me lo vas a dar”. Apelé a su humanidad: “porque no señor, es mío, no se lo voy a dar, si quiere máteme, pero no me voy a dejar robar”. Fue muy estúpido lo que hice, pero en esos milisegundos pensé en el ladrón. En lo feo que debe ser hacerle daño a los demás para ganarse la vida. En lo horrendo que debe ser no tener conciencia, y atacar a una mujer indefensa, intimidarla con un cuchillo enorme. En poner esos ojos de demonio para que le dé mis cosas. También pensé en mi hija. En que mi misión como madre no ha terminado. En que mi vida no iba a truncarse así de absurdamente. En que el universo es tan perfecto, y las cosas suceden no por casualidades, sino por una causa. Yo no iba a morir. El “taxista” obviamente se dedica a asaltar a mujeres solas, no las mata, solo les roba. Jugué con mi vida al arriesgarme así. Todos estos pensamientos tomaron una milésima de segundo. Forcejeamos. Siempre me coloco la cartera cruzada, asi que no pudo quitármela. En la cartera solo tenía mis documentos, maquillajes baratos, muestras de perfumes, un libro, y cigarrillos. Pero esas baratijas SON MIAS, por derecho de conciencia me pertenecen, no me las voy dejar robar así de fácil. Mientras forcejeaba, con la otra mano logré sacar el seguro del carro, y me lancé. Corrí, corrí muchísimo, mientras “tanteaba” mi BlackBerry en la cartera, mi iPod aún estaba en su lugar, agarrado de mi tanga, los audífonos, entre mis senos. Corrí, corrí por lo menos 500 metros, tratando de hallar un lugar “seguro”, pero todo estaba muy oscuro, todo cerrado. Corrí al menos 5 minutos, a una velocidad increíble, cuando vi una iglesia evangélica donde me refugié. Un “hermanito” me ayudó a conseguir otro carro que me sacara a la “civilización”. Me advirtió que dicho sector a esa hora es peligroso, que no pasan buses, que ya mismo tomaría un taxi de confianza.

Veinte minutos después, aparece un taxi pirata, de donde descendió una familia: una mujer, un bebé recien nacido y un hombre. Parecían amigos del chofer. El hermanito hizo la negociación, y me subi a dicho vehículo, con el alma en un hilo. Poco rato después, llegué a la reunión con mi familia. Al ver a mi gente, se me salieron las lágrimas. Tuve mucha suerte de haber podido escapar ilesa, de volverlos a ver a todos. Al día siguiente, moretones por todo el cuerpo son testigos de la lucha que tuve con el maleante. Un corte en mi rodilla, que duele, pero está cicatrizando. Yo no me dejo robar. Es lo más estúpido que he hecho, no se los recomiendo.

Experiencia:

  • Jamás tomar un taxi desconocido. Jamás.
  • Jamás sacar la BlackBerry en presencia de nadie. Jamás.
  • Encomendarse a esa fuerza superior que algunos le llaman Dios. Yo lo hice, y aquí estoy, posteándolo.

© 2009, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Definitivamente aun tienes que guiar a esa nina que tienes, pero tambien es definitivo que esa fue una super estupidez de tu parte. (Disculpa que te tutee, pero ya me siento en confianza con tu blog. Si no te gusta o no te parece me lo dices y no lo hago mas)

    Por algo se esta luchando por legalizar esos taxis piratas. Lo mejor es no subirse a uno al menos que sea alguien conocido. Y tambien es bueno enviar un mensaje o llamar a alguien informando en que taxi nos subimos (placas, codigo, etc) y que el chofer vea y sepa que enviamos esa informacion. Mas aun si es el caso de una mujer sola. Eso puede persuadir un poco al chofer de robar o hacer alguna otra cosa, ya que si es el caso sabra que hay alguien con la informaicon necesaria para lograr encontrarlo.

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