La esperanza de un mundo decadente

No sé si atribuirselo a Internet, la globalización, los alimentos procesados o los smartphones. El punto es que actualmente vivimos en una sociedad que produce y consume porquería, tanto visual como musical. La gente convierte a completos tarados en celebridades. Y surgen modas cada vez más superfluas, como reflejo de lo vacuo de la mente colectiva de las masas.

Dejé de ver televisión -incluso tv cable- desde que vivo con mi actual marido. El televisor se convirtió en consola, simplemente lo uso para colocar unos accesorios decorativos encima. Por tal razón no puedo emitir un criterio particular sobre algún programa específico. Si me ponen frente a una pantalla que muestre un programa de chismes de farándula, no reconozco al 90% de quienes aparecen ahí. La televisión por cable tampoco ya es alternativa, History Channel migró poco a poco hasta convertirse en fuente de teorías conspiranoias, zoocriptología y adefesio y medio. Discovery Channel se llenó de historias de fantasmas y UFOS. Lejos de los magníficos programas que exhibían hace 10 años. Así que no vale la pena el desperdicio eléctrico. No creo que la televisión nacional haya mejorado. A más de realities de los que me entero por los chinchosos hashtags de Twitter, que fueron los que me alejaron de esa red social que un día fue mi reino… no me interesa saber que Ecuador Tiene Talento o cualquier programa que tenga estrategias en redes sociales contaminandolas con su contenido.

Ni hablar de la música. Este milenio ha sido pobre en producción de mi agrado. Solo me quedo con bandas totalmente underground, aún más que Sigur Ros. Mi esposo es muy dado a abrir mi mente a nueva música, pero prefiero adentrarme a escuchar clásicos de los 50, impro jazz, y música del mundo. Lo positivo de todo esto es que no tengo ni idea de cual es el tema de moda que está calcinando las neuronas de los jóvenes de hoy. Algo leí sobre un “taxi”, pero gracias a la Paccha Mama no he tenido el disgusto de escucharlo.

Pero no todo es malo, no estamos perdidos. Incluso estas manifestaciones burdas hechas para el consumo rápido y la generación de dinero tienen un efecto indirecto positivo. Mientras el “productor” de regetón está buscando una palabra que rime con “atraviésala”, una banda de música alternativa ensaya en un sótano. Un grupo de jóvenes hace una gira mochileando y costeando su viaje con música y un sombrero. Un grupo de niños de pocos recursos descubre la música clásica y empieza sus clases de violín. Así con todas las ramas del arte. Siempre ha sido así. Las épocas de decadencia ponen en ebullición a los verdaderos artistas que generan arte como forma de rechazo al vulgo. No todo está perdido mientras haya un chico leyendo, cultivando el intelecto y sobre todo la parte más sensible, la humanidad generadora de belleza, de armonía, de música, de momentos inolvidables.

© 2015, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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