La primera locura por amor

Hace un par de días visité el barrio en el que crecí. Al pasar por una de esas calles con Eustaquio, y mirando las casas, de pronto recordé una historia que sucedió hace muchos, muchos años. Corría la década de los 80: los colores fosforescentes dominaban mi vestuario, y mi copete con gel escarchado era la envidia de mis amigas. Tenía una amiga, mi mejor amiga, a quien visitaba telefónicamente por horas. Le llamaré Angelina. Angelina era mi confidente, compañera de banca en el colegio y asesora en los asuntos del corazón. Yo tenía 14 años, nunca había siquiera besado a un chico, era modosita y tímida. Angelina me aconsejaba: “a los chicos les gustan las chicas lanzadas”. A mí no me gustaba ningún chico, ninguno llamaba mi atencióin. A esa tardía edad pre-quinceañeril, yo jugaba aún con barbies y Ken, aunque admito, les hacía tener relaciones sexuales. En fin. Por consejos de Angelina, decidí buscarme un chico, para dejar un poco de ser tan infantil. Empecé a practicar besos besando la pared, y claro, haciendo que mi Barbie bese más a Ken en vez de lanzarsele desnuda. No había ningún chico interesante: en mi colegio de monjas estaban prohibidos todos los seres de género masculino, y los niños de mi vecindario eran todos feos y jugaban pelota. Hasta que un día lo detecté. Paseaba erguido en su bicicleta de carreras. Un chico perfecto para mí: alto, delgado (ahora me gustan gordos), pelo negro, lacio engominado, como se estilaba entonces. Usaba licras de ciclista. Y lentes, que para mí eran sinónimo de intelectual. Lancé mis redes hacia ese prospecto. Pronto detecté que él tenía como rutina pasear por la ciudadela a diario de 4 a 5 de la tarde. Así que adapté mi rutina para pasearme ante él, de 4 a 5 de la tarde. Mis investigaciones post-puberes pronto dieron fruto: descubrí donde vive, su nombre y apellido, su colegio. Estaba en sexto curso. Yo apenas estaba en tercero, ¡era un viejo! Pero debía llamar su atención.

Le comenté mis progresos a Angelina, quien rauda y veloz vino a mi casa a conocer al ciclista. Le conté los datos que había recopilado, ante lo cual, la decidida Angelina me arrastró del brazo a buscar al ciclista a su casa. Yo, aterrorizada de los nervios, acepté. A los 14 años no se piensan las consecuencias. Tocamos a la puerta, sabiendo que el ciclista no estaba aún en casa. Salió su madre:

– ¿Sí? – preguntó con evidente acento interandino.
– Buenas tardes, ¿está Pablo? – se apresuró Angelina a preguntar.
– ¿De parte de quien?
– De unas amigas, yo soy Angelina, ella es Pitonizza, queremos hablar con Pablo.

Sin entender su estrategia, me limité a esperar a que Angelina responda cualquier otra cosa que nos podría preguntar la señora, quien amablemente nos hizo pasar. Nos brindó jugo de naranjilla mientras nos enseñaba las fotos de su hijo:

– Pablito fue el abanderado, miren, aquí está dando el discurso, estaba nerviosito, le tuve que dar agüita de valeriana.

Mientras la señora nos mostraba orgullosa las medallas y las fotos, yo miraba furtivamente mi reloj: ¡son casi las 5 de la tarde! ¡Ya mismo llega Pablo! ¡Yo estoy en la sala de su casa! ¡Él no sabe que existo! Cuando estaba a punto de pedirle agua de valeriana a mi potencial suegra para calmar mis nervios, se abre la puerta.

Helo ahí, como todo un caballero galante, en su bicicleta de carreras, su licra ajustada, mis ojos curiosos, perlas de sudor adornando sus sienes, sus lentes negros finos enmarcando sus ojos oscuros, en esos momentos, todo transcurría como en cámara lenta. Pablo se saca los lentes para secarse el sudor mostrandome el perfecto panorama de sus cejas espesas, masculinas. Y para completar, exclama un sonoro:

– ¡Hola!

Su madre se apresura a decir, mientras recibe el beso de su hijo en la frente.

– Pablito, mira, llegaron tus amigas.

Tras 22 años, aún recuerdo esos nervios. La señora nos dejó solas con él. Angelina masculló unas palabras que no logro recordar, solo queda en mi memoria la perfecta visión de un chico guapísimo con dialecto cuencano que extrañado nos recibía en su casa. Quedé paralizada, no dije nada más. Fue un momento extraño. Intercambiamos números de teléfono, pero yo nunca lo llamé, pues senti que había hecho muy mal en forzar las cosas con un chico. Él nunca me llamó, pues seguro se aterró al ver que habíamos averiguado tantas cosas de él, seguro pensó que yo era una loca lanzada desesperada por un hombre. Desde entonces, jamás evidencio que un chico me gusta. Me dejo conquistar, me hago la interesada, la estrecha. Técnica que funciona, sino, preguntenle a Eustaquio.

© 2010, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Una historia parecida a la que pasamos tantas chicas modositas durante nuestra pubertad. Me encanto. Pitonizza, quien quiera que seas, me gustan todos tus comentarios. Muy moderna y al mismo tiempo con unos principios morales que aprendiste muy bien y que te hacen la mujer que eres hoy. Siempre que leo lo que escribes pones una sonrisa en mi. Gracias.

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