Lecciones post-terremoto

Ayer los ecuatorianos vivimos un sacudón como no lo recordábamos desde el gran terremoto de agosto de 1979, que yo lo recuerdo muy vívidamente, especialmente luego de este sismo que me ha sacudido mis cimientos personales. Yo tenía 6 años, estaba en la escuela, en el aula de clases. Habrán sido las 9 de la mañana, supongo… Una niña estaba recitando algo sobre la bandera, cuando la escuela se convirtió en una casa de juguete que era sacudida de lado a lado. Los pupitres salieron disparados hacia la pizarra. No recuerdo más que nosotras en la mitad del patio de la escuela, con nuestras cabezas entre las piernas. Mi abuelita me fue a recoger a la escuela para llevarme con mis padres. En el trayecto a casa vi edificios desmoronados, calles levantadas, escombros, ambulancias, llanto. Cuando llegamos a casa, mi horror continuó: mi mamá ni mi papá ni mi hermana estaban en ahí. Habían salido a buscarme y nos cruzamos. En esas épocas no había Facebook para marcarse “safe” de modo que lloré mucho. Eso me marcó.

Por esta razón yo soy muy temerosa de los temblores, entro en pánico de forma exagerada, casi histriónica, sobre actuada… lloro, me arrodillo, ¡me convierto en una religiosa sectaria de las que a veces me he burlado! Por ello, y tras el bochorno que pasé anoche, no vuelvo a burlarme de nadie con manifestaciones religiosas. Puede ser una histeria que yo no tengo derecho alguno a juzgar. No nos burlemos de nadie. Nadie sabe lo de nadie.

Este sábado transcurría normal. Yo estaba acostada, leyendo en mi cama. Mi esposo trabajaba en su computadora. Mi hija jugaba con amigas del barrio. El primer sacudón me llevó corriendo a buscar un lugar seguro. Cuando la cosa se puso fea, salimos del lugar. Durante el movimiento impresionante de postes que bailaban desde sus bases, cables que se hamaqueaban de modo amenazante, hubo un apagón. La calle seguía moviéndose, mientras el cielo se iluminaba con luces extrañas y la tierra literalmente se abría a mis pies. Era como si estaba parada sobre una alfombra y una fuerza invisible pugnaba por retirar la alfombra con nosotros encima. Pasado ese enorme susto, y reunida con mi familia más cercana a salvo, no podía volver a entrar a mi departamento, por mi miedo irracional. Salí y unas vecinas de mi barrio comentaron el horror vivido en el Mall del Sol. Aún no sabía las desgracias ocurridas en San Marino, donde yo estaba planeando ir esa tarde a mirar libros.

Fue ese tiempo fuera de casa, desconectada pues no cuento con smartphone, tratando de hacer una llamada con mi celular, me sirvió para aliviar mi tensión personal debido a mi sobre actuación de pánico durante el temblor. El no tener energía eléctrica me mantuvo alejada de las noticias, la información que me llegaba la obtenía escuchando rumores sobre lo ocurrido en el cine del San Marino y el puente colapsado frente a la Universidad Laica, alertas de Tsunami y gente aplastada en lugares inciertos.

Solo fue hasta que regresó el suministro eléctrico en el sector en el que vivo, cuando me enteré del horror general en el país. Fue cuando pude recién ver las fotos de la tragedia. Y los rostros de quienes la protagonizaron. Una tragedia real, material, no un trauma del pasado como lo que me pasó a mí. Y la enseñanza de no juzgar a nadie por sus irracionalidades porque yo puedo tener muchas peores.

Parte de los muertos se los llevan en la conciencia quienes expiden permisos de construcción a edificaciones que no tienen ni el más mínimo estudio estructural o de suelos. Los que ahorran en los materiales. Esos que construyen y que cambian lo que el arquitecto ha planeado para “hacer un aumentito luego, cuando pueda…”. Con “bases para dos pisos más”. Los que contratan a un albañil que solo sabe hacer mezcla, solo sabe el trabajo artesanal, el manual, un “maestro” que no tiene la mínima idea de lo que es una estructura antisísmica. Esos muertos los llevan en la conciencia los que han usando más arena que cemento. Estructuras y plintos hechos con arcilla y pegados con baba. Han matado mucha gente. Esos muertos los llevan en la conciencia las autoridades que no inspeccionan las edificaciones. Estos muertos los lleva en la conciencia los que sostienen este sistema de gobierno, que controla lo que no le compete y ahorra poniendo materiales de quinta, y no verifica que las construcciones privadas sean hechas con técnicas antisísmicas. En parte, ustedes son los asesinos.

El planeta se va a seguir moviendo. Es hora de que todos retomemos la conciencia de que somos hechos de carne y hueso, y que toda vida merece respeto, ese respeto que lo dan los habitáculos seguros, infraestructuras apropiadas para ser habitadas por seres vivos, porque somos SERES HUMANOS. La naturaleza se sacude, como un perrito se rasca una garrapata, así nos hace la tierra, nos quiere arrancar de la litosfera, somos un parásito… hasta que entendamos un poco que no hay que improvisar un techo, hay que recordarnos hermanos siendo solidarios y hay que respetar las fuerzas de la naturaleza.

 

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