Lugares a los que preferiría ya no ir

Los últimos meses, para ser más precisa, las últimas semanas, mi vida ha venido experimentando cambios. Cambios de actitud y punto de vista que están moviendo mi destino en otra dirección, justamente la dirección a la que yo he aspirado siempre. En otras palabras, estoy haciendo cambios dirigidos por mi atención, fuerza de voluntad y apreciación hacia lo que ya tengo hasta este momento. Soy dueña de mi destino.

Los lugares son como escenarios, y estos definen en cierta medida nuestra actitud, mueven nuestro interés y claman por nuestra atención de distintas formas. No es lo mismo un paseo en el bosque que tener que pasar un tiempo en uno de los siguientes lugares:

  • Bancos u oficinas de gobierno. Son lugares artificiales, fríos, con demasiada gente uniformada usando una sonrisa forzada. O a veces directamente hostiles, apáticos, lejanos. No es la clase de interacción humana que prefiero. Y sobre todo desde que las reglas en bancos impidan el usar audífonos, aunque claramente se note que está conectado a un iPod shuffle, no a un celular desde donde alguien podría planear un gran asalto. Un banco y sus similares son para mí una misión que trato de sobrellevar como si fuera un nivel difícil de un vídeo juego. Sin esa actitud juguetona, pagar mis cuentas dañaría mi día por completo, ¡y eso es algo que no voy a permitir!
  • Almacenes, malls y grandes supermercados. Prefiero la familiaridad con la tendera del barrio que el sonido irritante de la impresora. Los supermercados están llenos de marcas. Publicidad que es disparada de forma contínua, insistente: no puedes ni ir al baño sin que te sugieran comprar algo. La estática de un mall la siento dañina en mi cuerpo, que reacciona con chispas eléctricas cuando rozo mi brazo al de mi esposo, ¡cosa absurda! A nosotros nos encanta tocarnos, mas en un centro comercial el roce es molesto. Es mejor el mercado, las frutas frescas, los vegetales, la gente humilde que poco a poco te van adoptando como suyos, al dejarte “yapitas”, inexistentes en los gélidos “moles”.
  • Tiendas por Departamentos. Los maniquíes son vacíos de espíritu pero arropados con ropas que cuestan en total cientos de dólares. Con cientos de dólares podría renovar mi guardarropa completo en el mercado artesanal. Así, apoyo a la empresa local, uso prendas cómodas con ese toque autóctono que hace resaltar mi raza mestiza. No necesito carteras que cuesten más de un salario básico. Ni maquillajes que cubran los rastros que el tiempo ha dejado en mi rostro. No necesito zapatos que me eleven del suelo porque para eso no necesito empinarme, yo por lo general ya estoy levitando, en mis alpargatas o mis crocs de cinco dólares.
  • La escuela de la niña. No me gusta ser cómplice del sistema que pretende adoctrinar a la juventud en una ideología o religión. En todas las escuelas ha sido lo mismo. Uniformes, glorificación a lo “perfecto” a no salirse de la línea y repetir textos de memoria. Jerarquías que ponen al alumnado como el punto más bajo, donde el profesor es incuestionable. Expresiones artísticas timoratas, que no permiten la expansión y la libertad creativa, que alientan a respetar el orden y lo políticamente correcto. Incluso que perpetúan la vulgaridad y el chiste facil. Que pone a los niños a competir por menciones de honor y cuadros de oro ficticio, valores sin valor pues desmerecen la inmensa importancia que constituye la colaboración y el trabajo de equipo en lugar de la competencia egoísta. Y esa dicotomía de alumnos buenos y malos.
  • Peluquerías. Prefiero el inmediatismo del “hágalo usted misma”, pues el pelo crece y si me quedó demasiado horrible el corte, puedo usar pañuelos, turbantes y sombreros, pues tengo cientos. En una peluquería me sentiría asfixiada entre el olor del acrílico y el formol de las keratinas. Esas sustancias que luchan contra las rebeldes ondas de una chica afroecuatoriana que quiere lucir más lacia que cualquier indígena de nuestra serranía. Así como yo luché contra los pigmentos de mi pelo para volverlo blanco, ¡y lo logré yo misma! Sin ir a la peluquería. No desperdicié ahí las horas de espera, horas perdidas, ¡pedazos de vida! que no se compensan por la efímera imagen que compras en la peluquería.
  • Iglesias. No regreso. No necesito esa voz interna que grita “no creo en esto, no creo en esto, no creo en esto” como un loop infinito que ensordece lo que el sacerdote esté declarando en esos altares de estética deprimente. A veces un compromiso familiar obliga a una persona atea a atender un oficio religioso. No en mi caso. Mi no es rotundo, por mi salud mental ¡no voy!

La diversidad humana ha generado otro montón de lugares a los que no me gustaría ir ni aunque me paguen por mi presencia. No es necesario redundar en ello. Al contrario, es primordial estar consciente de que tengo control sobre mi experiencia para hacer cosas que disfrute en lugares que me gusten. Así son más y más momentos maravillosos que vivir. Puedo multiplicar esos momentos porque yo controlo lo que entra en mi vida.

Sin embargo, no siempre vamos a tener ese control. Hay imprevistos. Cosas que pasan. Accidentes. Incidentes. Sobre estos ya no hay control, ese control se desplaza hacia la propia actitud ante esos hechos. Eso es lo complicado. Es muy difícil aún para mí sobrellevar las frustraciones sin ataques de ansiedad. La clave está en retomar el control hacia uno mismo, tomar esa decisión firme de poner la mejor cara ante las adversidades.


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