Mi debut

…y me rompí una pierna. Y me llené de mucha mierda.*

El día tan esperado llegó. Con un vaiven de emociones que iban desde el “en qué lío me he metido por la gran pucta”, hasta el “sí podré, estoy lista” que como una montaña rusa tenían en vilo mi cuerpo: ataques de asma nocturnos, sueños muy raros, desconcentración pre-estreno, miedo al pánico escénico o “se me olvidó todo chugggcha”. Se acabó el tiempo de ensayos. Ya es lo que salga. Si te equivocas, equivócate bonito, saca la jugada, sin perder tu actitud teatral. Vamos Priscilla, es hora. Ya lista, caracterizada repetía mis líneas tratando de recorrer las emociones para ofrecerlas al público, cuyo murmullo ya se escuchaba en la platea. Pensé que mi corazón me traicionaría, pero estaba tranquilo, latía ritmicamente, de mi boca escapaban jadeos de emoción. Una de las actrices que más me deslumbra en la escena, se acercó a mí, puso sus manos en mis hombros y me inyectó su energía. Obviamente que no me transfirió su conocimiento o dominio escénico, pero me contagió de su confianza. Gracias a ti por ser.

Me llaman a escenario. Ya todo está listo, los sonidos suenan, corro por el oscurísimo foro, llego al escenario. El telón cubría al público pero no impedía que su energía se haga sentir. El escenario se sentía diferente. Caminé hasta mi posición, mirando hacia la parrilla, las luces apagadas, pero yo sabía que faltaban segundos. Me persigné. Sí, me persigné, y eso no desmedra en absoluto mi ateísmo. Me persigné significando “esto va para ti mamita“. Y el telón se abrió.

Un fallo inicial me hizo perder concentración. ¡Yo sabía que estaba perdida! Pero esa bola de energía en mi pecho me hizo aferrarme a mi personaje. No dejé que ni Priscilla, ni Pitonizza ni ninguna de las mujeres que he interpretado en mi vida se interponga con Soledad, este es su mundo, el escenario es su casa. ¡No hay lugar para pitonisas aquí! Creo que la gente lo notó porque me felicitaron al final. La venia final significó humildad, agradecimiento a todo ese apoyo, de todos quienes me fueron a ver en mi debut como actriz.

Este debut formal lo senti tardío. Hoy, en la típica depresión post “se acabaron los ensayos” me ha tenido toda la mañana llorando, riendo, furiosa, impaciente. Sentí que descubrí que ahí siempre quiero estar. En el teatro. ¡Pero lo he venido a descubrir tan tarde! ¡Mañana cumplo cuarenta y dos años! ¡Casi la mitad de mi vida se ha consumido y recién entiendo que lo que quiero hacer es actuar, producir, escribir teatro. Quiero estar ahí siempre, ya sea actuando o apoyando a los actores, trabajando en vestuario, maquillaje. Quiero aprender tantas cosas que me faltan. Y lo descubro cuando ya mi vida va por la mitad.

Pero tuve una epifanía. Recién descubro que soy actriz. ¡Porque lo he sido toda mi vida! Desde siempre actué. De niña ponía un telón hecho con sábanas y actúaba con mis hermanas. Cantaba, imaginaba que estaba en Hollywood, en Broadway. No tenía ni 5 años, y ya me hacía joyas y coronas con retazos de tela, imaginaba que era una señora alta y emperifollada, con sombreros y cigarrillos en pitillos. Crecí, dejé que mis complejos me alejen de los escenarios familiares, mucho más de los escenarios reales. Empecé a actuar como “adulta”. Actué a ser economista, vendedora de muebles en un local aniñado, vendedora de tumbas, zapatera, profesora… ¡Tantas cosas que he hecho! Algunas me llenaban. Pero otras las hice solo por el dinero. Y hacer cosas por dinero sin meterle pasión, es prostitución. No importa si no hay sexo de por medio. No prostituiré mi tiempo nunca más haciendo algo que no me apasione.

grupo de teatro dela espol JQM

 Parte de la familia del Grupo de Teatro JMQ – Espol.

A ellos mi agradecimiento público. En especial a Benicio Fuentes, Denisse Cordova y Grace Cordero.

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* El romperse una pierna en teatro es una frase de buena suerte cuyo origen es incierto. Algunos dicen que es por la venia final, que cuando va acompañada de ovaciones, obliga al actor a seguirla recibiendo, al punto de quebrarse. Otras lenguas dicen que desde las épocas antiguas donde los asistentes a una obra de teatro pagaban lanzando monedas al escenario, el acto de agacharse a recoger muchas monedas terminaba rompiendo una pierna, o al menos las rodillas. La mucha mierda se remonta a las épocas cuando las obras de teatro se ofrecían a público pudiente que se trasladaba en carruajes tirados por caballos. La abundancia de excremento de caballo al finalizar la obra denotaba que fue muy concurrida.

 

 

© 2015, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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