Mi primera vez con ella…

Ella se llama María, y le dicen marihuana. No la conocí de cerca sino hasta ese día de invierno de 1997 cuando yo iba al gimnasio sin importar si llueve mucho, ese invierno había llovido demasiado. Tenía veinticuatro años y mi experiencia con sustancias se limitaba al vulgar y cochino alcohol, omnipresente en la Universidad Católica, en la década de los noventa. Todos alguna vez llegamos a clases de Código Civil con la Ab. Mariana Argudo (+) en estado de calamitoso chuchaque. Incluída yo, por tanto perdí el año en Código Civil. Así perdí mucho tiempo entre los diferentes tipos de bebidas alcoholicas que consumí buscando la anhelada “farra” que el trópico seco no volvía mejor, al contrario, era asqueroso. Además del alcohol ineludible para los estudiantes de la católica, entre tanta tropifarra aprendí el feo vicio del tabaco, pero no me envicié hasta décadas después, ya que mi madre en ese entonces me tenía muy controlada.

Con ese antecedente, en ese escape, cuando me ofrecieron marihuana dije SÍ de inmediato. A pesar de que había sido expuesta desde muy pequeña a la propaganda antidrogas en los dos colegios a los que fui, donde expositores advertían de la puerta de ingreso que constituye María. Para mí, era una planta mágica sacada del arcano de Paracelso. Pero los conservadores colocaron a María en el mismo saco en el que están las drogas duras. Ellos aseguraban que Mary es aún peor que el desagradable alcohol. “Esto no es nada que ver con el alcohol”, me decía mi amante ocasional con el cual reincidía una y otra vez desde 1992, cuando lo conocí en un bus y nos besamos ese mismo primer día. Él se quedó en la ciudadela Río Club y yo me quedé con ganas de sus besos, la corta conversación bastaba para saber que aquel hombre de mirada oscura e impenetrable me enseñaría muchas cosas con el paso de los años.

Volviendo a su bohemio departamento del sur de la ciudad, esa zona mágica donde huele a chocolate y a río, la brisa es amable y las calles tranquilas. Yo había ido a buscarlo, ya que él estaba instalado en la ciudad hacía unos cuantos meses y por esas causalidades nos tropezamos en la calle Eloy Alfaro, justo al pie de mi gimnasio. Caminé las pocas cuadras que me separaban de su casa. Él me esperaba como siempre: con una erección majestuosa que amenazaba lesionar el fondo de mi femineidad que tanto goteaba siempre por su cabalgata. Pero ese día era diferente. No estábamos en un hotel de paso. Estábamos en su departamento.

El lugar parecía sacado de una película de Almodovar. Y ahí, entre murales y bastidores, estaba yo, desnuda, satisfecha y con hambre, mucha hambre. Hambre de marihuana. Mientras él armaba el bate, yo analizaba los tatuajes de su espalda, el pequeño reptil que parecía pariente de la serpiente de plata que yo tenía en mi dedo anular. “Serpenteante, sensual, así eres Priscilla. Toma, inhala profundo, lleva el humo hasta tu cerebro y retenlo.”

Lo hice sin toser. El humo delicioso no se parecía en lo más mínimo a la polución que constituye un Marlboro blanco. Ese humo fue llenando mi garganta, luego mi traquea, pasando a mis pulmones que abrían paso a su invasión. Era un humo blanco, con olor a montecito quemado, a naturaleza, a arte. Su humo se confundió con el incienso, ambos humos sagrados se elevaban en la habitación de techo y piso de madera. Él fumó después de mí. El tiempo que pasó luego lo quemamos entre más orgasmos y promesas. Cada parte de mí vibró ese momento en que María estuvo con nosotros en ese threesome donde aparentemente son solo dos, pero no, fue un trío, estaba él y yo, y ese fantasma sutil de la hierba descomponiéndose en moléculas que hacen despertar zonas dormidas del cerebro.

No sé cómo llegué a mi casa, ni qué tontería inventé para eludir el reclamo ante mi desaparición. 24 años pero aún dando explicaciones a mamá. María me mantuvo calmada sin importarme nada más que volver a encontrarla. Porque al día siguiente de haber estado con ella, tras un sueño reparador y relajante, ya sin sus efectos, quise volver a repetir, pero era difícil para una mujer que no sale ni a comprar tabacos, conseguir yerba. Así que pasaron muchos años hasta que yo vuelva a encontrarme con Mary. El incienso no era lo mismo sin ella.

Mi amante ocasional desapareció de su departamento y de mi vida por un lapso de tiempo que no recuerdo. Con el reencuentro me contó, que ese departamento fue consumido por las llamas, años después, quemándose el recuerdo del lugar que me vio fumar marihuana por vez primera y reduciéndose a cenizas las fotos desnudas de mi cuerpo en la plenitud de mis veinticuatro años.

Yo soy muestra viviente que se puede consumir una vez y no repetirlo hasta después. Algunos, no lo repiten nunca en la vida. No fue mi caso, pues esa primera experiencia con María fue tan sagrada, en un lugar perfecto, con la compañía adecuada para la aprendiz de pitonizza que era yo a los 24 años. Por eso sabía que iba a querer retener el delicioso sabor de María en el aliento, ese sopor que atenúa ruidos externos e internos, que abre las puertas a un mundo fantástico de creatividad y apreciación hacia la música y todo lo bello.

Sin embargo, puede que María no sea para todos. Pero no es ni el Estado, ni los padres ni familiares preocupados por vernos grifos quienes decidan eso. Está en cada quien decidir. El consumo responsable de cannabis conlleva conocer la dosis personal perfecta para encontrar ese estado de relajación para que no se trastoque en desidia y evasión de obligaciones.

pitonizza fumona cannabis grifa pipa¡Ya no estoy en edad para esconderme para fumar! Con la frontalidad se gana mucho, y la disciplina en el trabajo y otras actividades serán razones suficientes para poder defender y continuar con un consumo feliz de cannabis sin darle un ápice de importancia a lo que otros puedan pensar desde sus conservadoras y adoctrinadas cabezas.

¡Buenos humos!

© 2016, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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