Mi vida como ama de casa

Mi madre me heredó su casa y con ello, la responsabilidad total que esto conlleva. He tenido que mermar el tiempo que le dedicaba a mis actividades profesionales a fin de organizar todo, ya que mis labores recién comienzan. Inicio mi día muy temprano, a las 6 de la mañana, con una ligera meditación para poner en orden mis ideas, planificar un poco todo lo que haré ese día, y limpiar de alguna manera mi aura, por decirlo así, liberarme de trastes, léase, rencores, tristezas y malos pensamientos. Luego como un resorte, salto de mi cama, arreglo a mi hijita para que vaya a la escuela, le doy desayuno y mientras ella lo toma, yo limpio el portal de mi casa. La dejo en su escuela y regreso a desayunar yo, preparar el almuerzo y hacer mi trabajo -si es que lo hubiera-. He tenido que rechazar algunas cosas pues solo tengo libres las mañanas, ya no puedo disponer de todo el tiempo para mis cosas. Sin embargo, con el transcurso de las semanas me he percatado de que el tiempo me alcanza más y hago las cosas mejor.

Sin embargo, siento que me he vuelto una vieja neurótica, en especial por la limpieza. Si antes yo era extremadamente cuidadosa con el piso, el baño y el lavamanos, ahora ¡estoy obsesionada! Me parece que si no le paso una esponja con cloro al sanitario las bacterias se multiplicarán hasta convertirse en un ejército visible a simple vista. Sé que es una locura, pero cada vez que alguien sale de mi casa, limpio y desinfecto el piso. Desodorizo cada rincón, cambio de cortina de baño constantemente, para evitar la proliferación de moho que solo está en mi cabeza. Limpio los espejos y vidrios a cada rato, creo que el vidrio de mi mesa de comedor está un milímetro más fino de tanto bruñirlo para dejarlo brillando.

Añadiendo a mis labores cotidianas, estoy redecorando la casa, no para olvidar los detalles de mamá, sino para darle un respiro a todo el ambiente, que se sentía cargado por su presencia. He colocado portaretratos con su dulce mirada pues no me resigno a no ver su hermoso rostro. Aprovecho que ahora ella no está para criticar el aroma de las flores que tanto le molestaba, llenando floreros de rosas. Pongo incienso que a ella no le gustaba, enciendo velas ornamentales que ella nunca usaba. Me han dicho que la casa se ve distinta, se siente diferente. Soy yo que la estoy revolucionando imprimiendo en cada detalle mi toque personal. Además, espero vivir aquí con mi esposo, no en los lejanos dominios de pelucolandia. La cabra tira al monte y no me interesa ser una chola más en Samborondón.

© 2009, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Creo que hay que limpiar menos la casa y vivir más.. es decir disfrutar más la vida, compartir con personas importantes para nosotros y si se ensucia un mantel o se riega vino en el piso.. pues así es!.. eh.. creo que la idea se entiende, verdad?

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