Nadie es inútil

En la naturaleza no hay desperdicio. Todo sirve para algo. Si vemos una planta, cada parte tiene una función para asegurar en lo posible la supervivencia y expansión de la planta, y la función principal de la planta siempre se cumple: extender la vida de forma armoniosa.

Como es arriba es abajo.

Imaginemos a la humanidad como una gran planta, un organismo vivo, en que el que cada persona cumple una función que propende a la supervivencia y expansión en general de todos, como especie. No podemos imaginar a la humanidad como una planta enteramente sana. Nos encontramos con personas inútiles, personas sin una función en especial más la de su propia subsistencia, muchas veces de forma parasitaria para la sociedad: delinquiendo para cubrir sus necesidades más primitivas, sin contribuir a la expansión espiritual de la humanidad.

Las personas “inútiles” no siempre son delincuentes. Mucha gente útil cree que es inútil. Ya sea por su falta de autoestima, por traumas o por tantas razones que llevan a gente muy valiosa a sentirse inferiores, vacías o deprimidas. Así, ellos tampoco contribuyen a la sociedad más allá de una rutina gris que cumplen de forma robótica. Su espíritu está apagado, o amortiguado por religiones cuya doctrina incluye sentimientos de culpa y rendición a una divinidad que exige oraciones y rezos. Y esto es solo un ejemplo…

Podría seguir mezclando factores y describirles muchos otros personajes “inútiles” ya sea porque otros los juzgan así, o por sesgos culturales o banales como señalar como “inútil” al jugador de fútbol que erró al patear la pelota. Llamamos “inútiles” a una amplia gama de personas. Pero prefiero no detenerme con subjetividades como cuestiones de gustos o preferencias ajenas. Mejor centremos nuestra atención a aquellos seres que todos llamamos “inútiles”, los lúmpen de la sociedad, gente dañada, sin esperanza de vida. Gente que ocasiona problemas donde va. Gente que ha caído bajo, tan bajo como su imaginación lo visualiza.

Esta gente “inútil” tiene una utilidad que no nos damos cuenta. Esta gente son espejos donde mirar nuestras propias “inutilidades“. Ver al prójimo caído es un ejercicio de compasión valioso. Tratar de reconocer al ser humano detrás del mozalbete intoxicado catalogado por todos como una amenaza.

Conocí a un joven que vive en las calles. Le sonrío. Él baja la mirada. Él cree que es invisible porque nadie nunca le había sonreído. Todos fingen que no lo ven. Es el niño que duerme afuera de una iglesia, donde todos los feligreses lo ignoran, o le rehuyen. No es invisible. Le rehuyen. Pero nadie nunca le había sonreído. Yo sé que ese joven no es inútil. Aunque lo veo demacrado. Su mirada perdida. Su cuerpo deshabitado de alma. Pero él no es inútil, aunque siga cayendo más bajo. Le hacen falta más sonrisas. Él es un llamado de atención para darnos cuenta, mientras podemos, de que podemos regalar una sonrisa a quien más la necesita. Esa sonrisa puede devolver la vida. Porque ¿quién le va a sonreír a un inútil bueno-para-nada? Tal vez hay esperanza. Porque se le sonríe a la vida. A la humanidad. Si tan solo él llegara a encontrarse con más rostros sonreídos. Eso le ayudará a recordar como era antes de creer que es un inútil. 

Todos tenemos libre albedrío hasta que dejamos que un vicio nos esclavice. Mientras tengamos libre albedrío siempre vamos a movernos de una situación dolorosa buscando alivio. Nadie se aferra a algo que lo está dañando voluntariamente. El libre albedrío es la voluntad. El libre albedrío es nuestro mayor superpoder. Cuando perdemos el libre albedrío perdemos nuestro poder de crear nuestra realidad conforme a nuestros deseos. Así que la tarea es recordar que somos libres dentro de los límites de la sociedad, pero libres, con poder para hacer lo que uno quiera con los límites de no dañar nada ni nadie. Libres, con suficiente campo para expandirnos, crear y contribuir a la evolución de la humanidad.

Porque a pesar de ver el deterioro de nuestra juventud, sigo teniendo esperanza. Algo va a cambiar. La consciencia general debe despertar, está a punto de hacerlo. Soy optimista. Yo creo en el poder de la inspiración, de la solidaridad desinteresada, del uso humanitario de las nuevas tecnologías. Creo en la colaboración, en la comunidad civil, en asociaciones transparentes. Creo que una convivencia en paz, respetando nuestras diferencias, va a ser posible. Creo que la juventud se va a regenerar. Volverán los valores. Cuando evolucionemos. Cultivemos la compasión. Yo creo que debemos empezar por ahí.

© 2017, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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