Pitonizza en Quito

Mi periplo comenzó el dia sábado, diez de la mañana, mi sagrado sueño interrumpido por el ajetreo familiar del paseo a Santo Domingo. Los dioses se pusieron de acuerdo en que vaya a ver a mi banda chilena consentida, Lucybell, en el Quitofest. Impulsada por un resorte me lavé los ojos y demás intimidades que deben asearse a diario. En mi bolso, lo indispensable, los celulares y sus respectivos cargadores, la palm, maquillajes básicos, encendedor, dinero vago, camisetas, chompa. Sin desayuno y soportando el cacatón del carro de mi cuñado, comenzó mi viaje a Capitol City, escala en Sto. Domingo de los Colorados. Mientras hubo señal narraba mi avances a mi socia.A la altura de Jujan, puerta de salida del Guayas un tráfico endemoniado, la misma webaa nos retrasó en Babahoyo. La moda ahora es pedir dinero (colaboración), con música de discomovil de fondo, sin importar entorpecer la via. Al pasar a la tierra de la Microsoft, Ventanas, recién comí las empanadas que constituyeron mi desayuno y almuerzo. Dormí casi todo el resto del viaje, revisé mi correo al llegar a Quevedo (no soporto más de 12 horas sin revisarlo). Al llegar a mi destino, Santo Domingo, hicimos un trasbordo para pernoctar esa noche en El Carmen, poblado que se encuentra a 45 minutos de la civilización. Una jaqueca endemoniada me tenía malhumorada, sin embargo, lo toleré todo, pues el viaje me había salido grateche.

Llegué en calidad de cadaver. Mi cabeza latía de dolor. Empecé a despedirme de la idea de subir la cordillera, sentía la sombra de la muerte sobre mí. Intenté comer, pero al primer bocado las nauseas me lo impidieron y devolví todo, ¡qué asco!

Me dormí un momento. Al despertar, mi dolor habia desaparecido mágicamente. Sentí hambre, alegría de vivir, solicité abrigos para mi aventura, me puse en contacto con mi contacto, fumé un tabaquito cedido gentilmente por mi primo querido, dimos una vuelta hasta esperar el día siguiente, cuando subiré al bus que me llevará a las alturas, a aquella fría ciudad que no visito hace 17 años….

Domingo, 9:30 am. Debo “madrugar” para alimentar a la cachorra, quise continuar con mi sagrado sueño, cuando descubro horrorizada que mi celular amaneció muerto. No celular = no Internet = Pitonizza enloquece. Tras desesperados intentos, resucitación cardiopulmonar y plegarias a la Narcisita, mi celular revivió y el mundo volvió a mostrarse para mí. Ahora sí, desayunar, bañarse, vestir a la guambra y dirigirnos a la terminal para llegar a ciudad Capital.

Llegando ya a la terminal de Santo Domingo, compré algo para engañar el apetito de mi voraz hija, un par de tabaquitos y listo, me embarqué más tarde de lo que hubiera querido.

El paisaje se vuelve cada vez más accidentado a medida que subimos, la carretera serpentea abrazada a la montaña, abajo se aprecia un rio rocoso, de aguas blancas y heladas. El hermoso silencio es interrumpido por asquerosas bachatas que no logran acabar con mi buen humor. Aún no siento frío. Ya no hay señal de celular. Mis oidos guayacos empiezan a taparse.

Pasamos Tandapi … un pueblo clavado entre las montañas. Después de cruzar el Corazón, fui testigo de un accidente bastante desagradable que había volteado un bus de Ambato. Volví a encomendarme al Creador, envolviendo de bendiciones a este bus y a todos los que nos cruzaron, y seguí mi aventura. Mi hija dormía en mi regazo.

Al llegar la gasolinera en Aloag, aproveché para atender la llamada de la naturaleza. El viento frío me recordó mi condición de mona… brrr!

Al fin, 4 pm, Terminal de La Cumandá. Me pegué un caldo de carne para amortiguar el hambre. Mi negrita se negaba a comer. Dieciocho minutos después, llegó mi guía turístico. Partimos hacia Itchimbia, desde donde la vista de la capital es un espectáculo maravilloso. La vírgen del Panecillo preside la ciudad. Paisaje verdaderamente enamorador.

La reseña del festival me la reservo para los afortunados que tuvimos ahi dando lecciones a nuestros vastagos. Conocí a esta pelada, un amor, una niña lindísima que congenió con mi hija instantáneamente..

Al descender del parque, por 300 mil gradas (en costeño = escaleras) hasta la Alameda, nos topamos con este personaje. Resultado: una deliciosa velada con dos guapos caballeros y una flaca congelada hasta el pelo.

Lo bueno de la capital: la atmosfera que sabe a historia que me ha hecho prometer solemnemente volver a dichas calles empinadas, a congelarme en el Teleferiqo, a trepar al Panecillo, a tomarme la típica foto con un pie en el hemisferio norte y el otro en el sur, a remar en la Alameda perdiendo todo rastro de glamour (juas!)

Lo malo: ¿No hay cigarrillos de diez centavos? ¿O mi condición de mona congelada daba para especular y pedirme 25 cvos por un líder?

Lo feo: el frío horroroso a pesar de que la naturaleza me fue favorable pues no llovió. Bueno, yo muero de frío hasta en Guayaquil, imagínenme en Quito. Es la falta de tejidos adiposos que me abriguen naturalmente.

Un placer haber hecho esa corta visita a mi Capital. Mi regreso es un hecho. Y ya lo sabe señor, mis puertas están abiertas para recibirlo en su esperado descenso al Manso.

© 2007, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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Comments

  1. Q chevere q hayan pasado tan bien…. ojala algun rato tb yo pueda asistir a esos espectaculares eventos…
    Lo maximo, aunq entre leerte a ti y al rogelio es como haber estado ahi 🙂
    un abrazo

  2. como dijiste la proxima con mas tiempo disponible para conocer mas los recovecos capitalinos, hasta la proxima (que ojalá no sea muy lejana), excelente tarde y noche la del domingo!!!

  3. Un gusto conocerte 😀 Tienes una enana hermosísima 😀 Espero que después del cuento le empiece a gustar más su nombre.

    Muchos saludos y espero que nos podamos ver en las tierras en las que tú estás al clima y a mi me sobra el aire.

  4. Muy bacán el quitofest, Lucybell estuvo buenazo aunq’ alguito les falló el sonido. Aparte q’ me recordó mi condición de “chamo aún” queporq’ me divertí en el tumulto q’ se armó en El Otro Yo

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