Románticas cosas del siglo pasado que ya no hacemos más

Adoro la tecnología, huelga decirlo: este blog y todas las “nerdadas” publicadas en él, dan de cuenta que me apasiona la Internet, los gadgets y las computadoras en general. El hábito de permanecer frente a la computadora por largas horas, tanto para trabajo, como para comunicación con los amigos, empleadores, coidearios en fin… hasta para entretención, ver vídeos, tener “dates” con gente que de otro modo no hubiera sido posible, la lista es numerosa. Todo ello ha ido desplazando otras actividades que mis contemporáneos seguramente recuerdan:pluma para escribir

  • Leer un libro “de papel”. Nada de pdf, Kindle fire o tablets. Leíamos en libros, unas cosas hechas de papel, que guardan en sus páginas información, que sirven de prensa para disecar flores que recuerdan amores de quinceañeras. Libros de papel con sus respectivos marca páginas, a veces hechos a mano, a veces usábamos una cinta, otras, una foto. Papel donde podíamos escribir notas, usar un remarcador para destacar lo destacable. Libros que a veces fueron alimento de polillas. ¡Libros!
  • Escribir “a mano”. Estoy retomando el uso del cuaderno y la pluma para escribir notas. En mi adolescencia, mis cuadernos estaban llenos de stikers hechos con “multipeg” pues no existía la amplia gama de pegatinas que ahora ofrece el mercado. Usaba plumas de colores, escribía cuentos, dibujaba y pintaba con tizas de colores. Incluso las tizas parecen haberse extinguido.
  • Escribir “a máquina”. Admito, mi letra parece la escritura árabe de un médico. Por ello cuando aprendí a usar la máquina de escribir, la usaba no sólo para la clase de mecanografía, que dicho sea de paso, me obligaba a llevar la pesada máquina al colegio, con apenas 14 años, acarreaba con esa máquina que casi pesaba el tercio de lo que yo pesaba. Me obligué a usar la máquina para escribir mis cuentos y poesías para así poderlos compartir con mis amigas. Mi máquina tenía pegado a un costado los papelitos correctores, para borrar con elegancia cualquier error de tipeo.
  • El diccionario. En la nostalgia al narrarles mis peripecias al escribir mis primeras letras, el diccionario no puede huir a mi memoria. Consultaba un diccionario por cada palabra que no entendía, desde que mi mamá se negó a responderme cada 5 minutos: “mami, ¿qué significa herejía?, mami, ¿qué significa innentendible?, mami ¿qué significa misantropía? Ella simplemente se hartó de responder y me dio uno de los mejores consejos que se le puede dar a una ávida lectora de 9 años. “Busca en el diccionario”. También lo usaba para cualquier duda y corrección en la ortografía de las palabras. No quería recibir reglazos de las monjas. La letra no me entró con sangre. Me entró porque lubriqué su paso con un diccionario.
  • Llenar álbum de cromos. Comprar las figuritas con la ilusión de conseguir ese cromo difícil que hacía falta para llenar la página y poder sellar el álbum para participar por una bicicleta chopper.
  • Grabar canciones de la radio. Cuando surgía un tema en la radio, regrababa los cassettes que mi padre guardaba. El los tenía llenos con grabaciones de conferencias y charlas. Yo los regrababa con … sí, adivinaron. El 101 de Depeche Mode. Aun tengo decenas de cassettes en algún lugar, como fósiles que evidencian mi temprano depechismo. Y para ahorrar baterías del walkman, la pluma era una excelente alternativa al FF o Rewind.
  • Usar el correo tradicional. ¡Para enviar cartas! Tuve un par de amigas que conocí por medio de la revista Tú (en los 80 esa revista era lo máximo, ni sombra de lo que es ahora). Así, un par de cartas, con la estampita, dibujitos y todos los relatos de una chica ecuatoriana que quiere conocer amigos y amigas de todo el mundo. Ensayaba mi firma que terminaba en una flechita como la colita del diablo. Y cuando las cartas iban dirigidas a un enamoradito, iban obviamente perfumadas. Esta costumbre me parece tan subvalorada ahora, que la retomamos con mi actual esposo cuando él estaba en California. Le mandé un “love package” lleno de mis letras, un mechón de mi cabello y demás cursilerías que prefiero permanezcan en nuestra intimidad. Él me envió las hermosas hojas de maple que aún conservo.
  • Ir a la biblioteca. La equivalencia de “googlear” en los 80 era ir a la Biblioteca Municipal, buscar un libro, sentarse en silencio, tomar notas. Lo confieso, fui una rata de biblioteca, desde el colegio de monjas, hasta la Universidad en la era pre-internet. Sumergirse en el largo cajón de las fichas nemotécnicas buscando el libro apreciado con la esperanza de que no esté prestado. Google no puede simular esa sensación.
  • Marcar el teléfono de ruedita. Y si la abuelita sospechaba que le estaban robando las llamadas, colocaba un candado en el teléfono, obstáculo que era fácilmente sorteable marcando cada número, una especie de entrenamiento pre-mouse. Era muy popular en mis épocas mozas, llamar al 109 para escuchar la hora. Antes de que la voz robotizada diera la hora, se escuchaban claramente otras personas dando su número de teléfono para “hacer amigos”.
  • Escuchar discos de vinil. Ese cálido sonido de la aguja acariciando los surcos del plato, ese “darle la vuelta” al disco, o en los tocadiscos más sofisticados, programarlo para que el brazo del tocadisco automáticamente vuelva a la primera canción. Y ay si el disco se rayaba. Se desarrollaba un pulso de cirujano para saltarse la parte defectuosa y poder seguir disfrutando de la música.
  • Tomarse fotos. Sí, tomarse fotos en mi preadolescencia y adolescencia era una gran aventura llena de expectativas, pues había que esperar hasta que termine el rollo y sean reveladas las imagenes tras un proceso muy romántico y artesanal que siempre me hubiera gustado aprender, en un cuarto oscuro solo cosas interesantes pueden ocurrir. Luego, al retirar las fotos del laboratorio, elegir las fotos que quedaron bonitas y ponerlas en un album. Subir las fotos a Facebook es tan frío.
  • Jugar Atari. Mi primera computadora, un Atari 130 XE me dio horas de diversión nerd. Había que conectarla al televisor. Programaba pequeños juegos que consistían en loops de preguntas y respuestas, o hacía hermosos gráficos, tras líneas y líneas de basic, que no podía guardar pues no tenía un dispositivo de almacenamiento, ergo, tenía que volver a escribirlo todo la próxima vez. Y los juegos de 8 bits que hacían volar nuestra imaginación, soñando con naves sofisticadas manejadas por un mando consistente en una palanca y un botón rojo.
  • Ver televisión. ¡Sí! Para los que me conocen y saben de mi actual repulsión por la caja boba, en mi infancia vi muchas novelas, venezolanas principalmente La Dama de Rosa, Las Amazonas… muchas veces no entendía la trama, a mis 9 años perdía el hilo y mi mamá se negaba a explicarme qué es “traidora” o qué pasa cuando los protagonistas se besan, caen en la cama y la cámara se volvía a la planta junto al velador. Sin embargo, disfruté mucho de ese tiempo perdido frente al televisor de ruedita y la letra U donde nunca pude sintonizar los dichosos canales UHF.
  • Descargar música. Ya en los inicios de la Internet, a más del porno, lo que todos querían hacer era compartir y descargar música. Y lo hacíamos. Había que esperar horas para descargar una canción de 2 minutos en una calidad no tan buena. Y había que tener cajas de disquettes para guardarlos.
  • Ir al parque. Esto no tiene nada que ver con los avances tecnológicos, sino lamentablemente, con los “avances” delincuenciales, que han vuelto a los parques zonas restringidas donde es imposible sentarse sin el temor a ser presa de algún pillo que pretenda sustraerle a uno las cosas. Claro, en mis épocas de juventud, hablo de los 80, no iba al parque San Agustín o al Malecón. Esas eran zonas rojas que, admitámoslo, han mejorado considerablemente. Pero el parquecito cerca de mi casa era un lugar agradable donde pasear. Sin embargo, como buena rata de biblioteca que yo era, prefería la soledad de mi dormitorio.

Sí, he vivido esa increíble transición tecnológica que difícilmente vivirán nuestros hijos. Aunque, quién sabe qué avances vendrán y harán de Google e Internet algo obsoleto como lo es hoy un disquette o un cartucho de Betamax.

© 2014, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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