Sintonizándome

Estos días he estado haciendo un recorrido retrospectivo en mi vida, he empezado a notar los patrones que fueron marcando las distintas épocas. Desde el colegio de monjas en las que prácticamente vivía anulada, no hacía olas, mi uniforme era estrictamente bien llevado, con las medias hasta arriba y completa anulación a cualquier manifestación de individualidad. Justo el ultimo año, a mis 13 de edad, fue que empecé a cuestionar la religión católica, haciendo preguntas incómodas que me valieron se me negara la matricula para el cuarto año, aduciendo que soy mala para los números. Estudié en colegio nacional, paradójicamente me gradué de Físico Matemáticos, a pesar de que las monjas dijeron que soy mala para los números. Y lo soy, porque pase de año con ayuda de mi carisma con mis amigas, y mi osadía de dar examen de grado oral.

Fue en el colegio nacional que empecé a abrir mis ojos. El enfrentarme a niñas de otras religiones, niñas de padres divorciados (no permitían de esas en el colegio de monjas), niñas diferentes. Era mi oportunidad de abrirme un hueco en la inhóspita jungla de un colegio también “militarizado”, autodisciplina, con un uniforme aun más acartonado que el del colegio de monjas. Debía ser “popular”. Mi meta era hacer amigas, ser graciosa, caer bien, intentar agradar, sonreír. Ay, pero cuanto me costaba integrarme en una conversación. El día del final de curso en cuarto año, las dolorinas no tuvieron compasión en infringirme dolor al mencionar lo ridícula que yo lucía tratando de encajar. Durante las vacaciones medité mucho en lo que soy yo, intentando aferrarme a mí misma, quitándome caretas adquiridas por las monjas, represiones y sentimientos de culpas que me fueron martillados durante diez años. Y volví al colegio triunfante. Esos dos últimos años en el Dolores Sucre me dieron grandes momentos, gocé, me divertí, me hice la pava, fui subversiva temerosa pero subversiva al fin y al cabo. Rompí normas. Me amarraba el lazo al revés, y mi mochila gritaba mi nombre, luchaba por imponer mi incipiente personalidad.

La Universidad fue otro mundo muy distinto. ¡Compartía pupitre con hombres! Sí, esos seres extraños que les salen pelitos en la cara y que lucen tan duritos al tacto. Toda la vida en colegio para mujeres, los únicos hombres con los que yo había interactuado eran mis tíos. A mis 18 años solo había tenido un par de enamorados. Era inexperta y estaba rodeada de chicos de todos los tamaños, gran tentación. Así que empecé a hacer turismo universitario, ahí mismo, afuera del Bar de Don Colón. Cada sábado una fiesta, alcohol (sí, en esa época las Tropifarras dominaban la Universidad Católica de Guayaquil). El desenfreno universitario me duró lo que perdí: 2 años de intentos en la Facultad de Ingeniería de Sistemas (ríanse con confianza), luego en la Facultad de Economía, donde llegué a niveles insospechados de ebriedad, entre chivas y murgas. Lógicamente, solo llegué hasta primer año, me retiré en segundo totalmente intimidada por los logaritmos, matrices y otras cosas que me torturaron mucho esa época.

Sin un rumbo definido, ese nuevo fracaso me hizo consciente del desperdicio de tiempo y besos en los que estaba incurriendo. Dejé todo eso y me gradué de Diseñadora de Interiores con honores. En esa época mi verdadera yo emergía aún mas, no soy una mujer de números y medias de nylon, iba a mis clases de escultura usando blusas de las que hoy ha popularizado el mashi. Fue entonces que me hice mi primer tatuaje, cuyo significado es muy profundo para mi, marca un antes y un después en mi vida. Sin embargo, a pesar de que iba sacando a la verdadera yo, como cuando del barro se retiran partes que esconden la escultura que moldeaba con mis dedos, me seguía siendo duro hacer amigas, la verdadera yo no estaba pulida lo suficiente para resultar atractiva para nadie.

El salir al mercado laboral como Diseñadora de Interiores no te garantiza un trabajo inmediato, sobretodo en un país convulsionado por el feriado bancario que puso la economía general en aprietos. Tenía que enfrentarme a la vida real. Y solo tenía un cartón bajo el brazo. Nada de experiencia, imposible con los horarios de la U. Católica. Hice de todo para ganar dinero, desde bolsos tejidos, hasta zapatos, vendí bisutería, con mediano éxito porque todavía no era lo que realmente me apasiona hacer. Hasta que empezó una época muy rara en mi vida. Mi segundo trabajo.

En ese trabajo, donde tenía que usar uniforme y el código de imagen me impedía usar mis anillos de punk que yo usaba en mis épocas universitarias… un uniforme que me hacía lucir mayor. Seria. Formal. Anulada. No soy una persona formal, pero el ambiente en el que trabajaba era formal, aniñado, antiséptico y estéril. Me iba marchitando poco a poco, ese disfraz me ahogaba. Mis “conocimientos” de diseñadora de interiores no eran requeridos, siendo relegada a la super creativa actividad de llenar formularios y coordinar entregas de los muebles. Me fui acartonando, contestando el telefono en mis sueños, porque había cambiado mis sueños por las jugosas comisiones que llenaron mi cuenta de ahorros y me hicieron presa de las tarjetas de crédito, en las que estupidamente me endeude.

Estaba atrapada en un trabajo poco estimulante para poder pagar las tarjetas. Había prostituído mi tiempo, acabado con mis ilusiones por el placer efímero de firmar un voucher y abrir un paquete. Con una hija recién nacida y muchas cosas que comprarle, dos razones que fueron suficientes para continuar esa “esclavitud” dosificada. Pero justo ahí fue cuando me botaron. “Ud no es auténtica, necesitamos alguien más…”. Ajá, mi expresión de pocos amigos a pesar de no estar enojada, les hizo prescindir de mis servicios como llena-facturas. La lección aprendida fue la misma que la del colegio: “se nota a leguas que quieres encajar y no puedes”.

Y todo por no estar sintonizada. Ahora sé que me des-sintonizan los uniformes, los horarios, madrugar, hacer labores repetitivas, pasar mucho tiempo encerrada… es recién ahora que hago este recuento de mi estrepitoso encuentro con la vida real, que me doy cuenta de lo mal que lo manejé en su momento. Trabajé en muchas cosas, me faltaría blog para enumerarlas. Fracasé muchas veces, intenté otra vez, tuve varios éxitos. Siempre analizando porqué en eso me fue bien y porqué en esto otro me fue mal. 

Ya casada con Danny, un hombre que viene de otra cultura, con una mentalidad abierta, gran sensibilidad y muchas otras cualidades de las que me fui alimentando y a su vez me hicieron más empática. Dejé de mirarme el ombligo y esperar recibirlo todo porque “lo merezco”. Decidí tener una relación que funcione, una relación que nos complemente a ambos. Amar es una decisión y nosotros decidimos amarnos a pesar del choque cultural y la diferencia de edad. Tenemos una relación satisfactoria y plena, llena de aprendizaje. Él me ha ayudado a conocerme a mí misma, empujándome a vivir experiencias que había postergado o descartado por razones tontas. Yo me dedico a amarlo en exclusividad y a tiempo completo. Y esto es algo que la resintoniza a una, ¡caramba!

El paso definitivo lo di al incursionar en teatro. Se me caían como hojas en otoño todas las capas tras las que me escondía. Dejé de sentirme vulnerable, frágil. Me volví más inmune a la crítica. Además, el reconocerme aunque sea informalmente como aspie, me alivió enormemente. Ya no me interesa tratar de encajar, yo no soy “rara”. Soy diferente y celebro mis diferencias. Entiendo mis obsesiones y las disfruto al máximo. Gozo del silencio y la soledad de una manera inusitada, pues mi voz interior ya no está llorando porque sospecha que le caí mal a esa persona extraña esta mañana. El teatro me ha hecho mirar más allá de mi nariz, a buscar la individualidad en los demás, a aprender a comunicarme, a mirar a los ojos, a leer entre líneas. Es complejo explicarlo, hacer teatro alimenta mucho el autoconocimiento, sintonizándome con quien realmente soy.

Hacía mucho tiempo que no escribía un post personal, muy terapéutico. Gracias por leer hasta aquí.

© 2015, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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